
Ya lo decíamos en otro artículo, «cada vez que se realiza un disparo ─y da igual si se trata de un enfrentamiento armado en la vida real o de un ejercicio de tiro en la galería/campo de tiro─ dos son los órganos de nuestra anatomía que directa e irremediablemente pueden sufrir daños a consecuencia de nuestro propio disparo: los oídos y los ojos. Ni qué decir tienen las implicaciones derivadas de los posibles daños en estos órganos: la pérdida o disminución del oído y de la vista. Para reducir nuestra vulnerabilidad lo fácil y evidente consiste en utilizar el equipo de protección individual adecuado, es decir, protección auditiva y protección ocular». En aquella ocasión hablamos de la protección ocular, así que en esta ocasión toca hablar de la protección auditiva.
















![Mike Pannone. High Port [arma terciada]](https://i0.wp.com/tirotactico.net/wp-content/uploads/2015/08/Mike-Pannone.jpg?resize=300%2C199)

En 2003, cuando dirigía el plantel de instructores del departamento de instrucción y adiestramiento de los Federal Air Marshals [agentes nacionales de seguridad aérea] en la delegación de Seattle [Seattle Field Office], mi buen amigo, antiguo soldado de Fuerzas Especiales conmigo en el 1st SFG (A) y consumado instructor, además de luchador en suelo, Ron Haskins (que Dios lo tenga en su gloria) y yo solíamos poner a prueba muchas de nuestras técnicas de una forma práctica a la antigua usanza. Nos poníamos un pantalón corto y una camiseta junto con unas gafas Bollé y peleábamos por/con un arma. La única norma consistía en que teníamos una SIG229 con 2 cartuchos Simunition; si él se hacía con el arma yo me comía los disparos simulados.

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