Yo hice el viaje por carretera más peligroso del mundo. Desde Turquía hasta la zona de guerra de Siria en un Hyundai amarillo. Por David Axe.

En el siguiente artículo, traducción de su original en inglés I Went On the World’s Deadliest Road Trip, publicado en el blog War Is Boring [la guerra es aburrida] con fecha 14 de octubre de 2013, y que aquí reproducimos con autorización de su autor, David Axe nos cuenta de primera mano el conflicto de Siria según lo que allí vivió en uno de sus viajes.

Se puede decir que David Axe tiene más experiencia real en combate que la mayoría de militares. David Axe es autor de varios libros y artículos y corresponsal de guerra con más de 10 años de experiencia en nueve guerras a lo largo de tres continentes: Irak, Afganistán, Congo, Somalia, Chad, etc.

En 2013 David Axe fundó el blog War Is Boring [la guerra es aburrida] en el que se daban cita un nutrido elenco de autores especializados en diferentes materias con publicaciones diarias.


En la imagen de la cabecera, restos de coches bomba en el lado sirio del paso fronterizo de Bab Al Hawa el 17 de septiembre de 2013. Foto de Juma Al Qassim.

Yo hice el viaje por carretera más peligroso del mundo

Desde Turquía hasta la zona de guerra de Siria en un Hyundai amarillo

Por David Axe, para War Is Boring. 14 de octubre de 2013.

Atravesamos a toda velocidad un hueco en la alambrada de la frontera entre Turquía y Siria mientras nos perseguía un vehículo blindado turco y unos soldados realizaban disparos de advertencia al aire. Esperamos en una arboleda de granados a nuestro transporte: un par de veteranos rebeldes sirios que conducían un Hyundai amarillo pastel. Nos dimos unos apretones de manos, intercambiamos unos cigarrillos y me envolví la cara con un pañuelo a cuadros para ocultar mis rasgos tan norteamericanos.

Subimos por una carretera de montaña a través de Harem, un pueblo en el norte de Siria en el que, a principios de ese mismo año (2013), una banda de terroristas islámicos aficionados habían capturado a tres cooperantes alemanes y varios sirios, a los que torturaron y dejaron sin comer, mientras esperaban un rescate que nunca llegó, para abandonar Harem más tarde una vez que los tres alemanes se zafaron de sus ataduras y escaparon.

Hicimos una paradita en Bab Al Hawa, el lado sirio de un importante paso fronterizo y el centro neurálgico del sector norteño del Ejército Libre Sirio (ELS) [Free Syrian Army (FSA)]. Allí charlamos con los combatientes armados y sus fanfarrones comandantes, siempre con sumo cuidado de no entablar contacto con los milicianos rebeldes más radicales del ala islámica alternativa del ejército de oposición, tipos que lo mismo te podían secuestrar que decirte hola.

Desde Bab Al Hawa nos dirigimos hacia el sur, circulando por carreteras cercadas por las ruinas de carros de combate oxidados, esos símbolos omnipresentes de la guerra en Oriente Medio, con destino a Idlib, una importante ciudad del norte cuyo extrarradio se encuentra entre los frentes más importantes de la guerra civil en Siria que duraba ya 31 meses. Con destino al combate. Con destino al peligro.

El 7 de octubre, Juma, mi intérprete, y yo partimos en uno de los viajes por carretera más peligrosos del mundo, una excursión de un día desde Reyhanli, Turquía, hasta Areha, a las afueras de Idlib, para ver cómo la Brigada de los Alcones de Sham [Sham Falcons Brigade] del Ejército Libre Sirio (ELS) [Free Syrian Army (FSA)] combatía contra el régimen del presidente sirio Bashar Al Assad.

Nos dispararon, nos bombardearon y atravesamos un par de controles de carretera muy sospechosos, y casi nos metemos de cabeza en un serio problema en un campo de olivos.

Pero al contrario de las cifras de cooperantes, activistas y periodistas extranjeros e innumerables sirios a lo largo de tres años de conflicto, no fuimos secuestrados. Y no nos mataron.

Nuestro pequeño tour por el infierno fue muy divertido. Excepto cuando no lo fue.

Un combatiente rebelde en Areha. Foto de David Axe.

El latigazo de la guerra

Como corresponsal de guerra con casi 10 años de experiencia (al principio independiente [freelance], ahora trabajando para Medium), he estado en nueve guerras a lo largo de tres continentes: Irak, Afganistán, Congo, Somalia, Chad, además de unos cuantos lugares de los la mayoría de la gente nunca ha oído hablar.

Me han disparado, he recibido fuego de morteros, fui asaltado por una multitud de somalíes enfadados y, en un horrible y embarazoso incidente en Chad en 2008, incluso fui secuestrado por niños soldado con los ojos como agujeros negros. Tras ser sorprendido un par de veces en Afganistán por una bomba en la cuneta me vi obligado a replantearme mis prioridades.

Así que me quedé en el banquillo de unos cuantos conflictos importantes: Libia hace dos años, Mali a principios de año (2013) y, al principio, Siria, con diferencia la guerra más sangrienta del mundo actual, desatada durante la primavera de 2011 cuando las tropas de Al Assad abrieron fuego sobre unos manifestantes pacíficos.

¿Qué clase de corresponsal de guerra sería si no informara sobre el peor conflicto del mundo?

Pero en el mismo momento que decidía ir a Siria, el conflicto tomaba un giro aún más violento.

Presionando hacia el sur a los bastiones del régimen en el oeste del país y en torno a la capital Damasco, el Ejército Libre Sirio (ELS) [Free Syrian Army (FSA)] (unos 200.000, apoyados por miles de desertores del régimen y provistos de armas capturadas) parecía llevar la delantera. Y los gobiernos extranjeros prácticamente aplaudían… y prometían facilitarles armas, comida, medicinas.

Los rebeldes liberaron el norte, el este y el sur, y rodearon las ciudades norteñas de Idlib y Aleppo. Al llegar a la provincia costera de Latakia (lugar de nacimiento del régimen) los rebeldes se quedaron cortos de armas y municiones. Los líderes civiles del ELS imploraban por las armas que les habían prometido.

El silencio fue la respuesta del mundo para los cientos de islamistas suníes curtidos en combate procedentes de Europa, Irak y los estados del Golfo que últimamente se habían colado en Siria para luchar contra el régimen chiíta y que incluso habían formado su propio grupo armado, el Estado Islámico de Irak y Siria [Islamic State of Iraq and Syria (ISIS)]. De lejos parecía que la oposición rebelde se estaba convirtiendo en Al Qaeda.

La realidad resultaba más complicada que eso. El ELS rechazaba el Islam radical. Y el elemento más combativo de los rebeldes, la brigada Al Nusrah, poco a poco se hacía menos combativo por la llegada de combatientes extranjeros, a medida que sus miembros más preparados dejaban paulatinamente la unidad para unirse a su competidor, el ISIS. «Al Nusrah no son terroristas», dice Abu Abdallah, un oficial veterano de la brigada Farouk, una de las unidades con más experiencia del ELS.

Pero los observadores internacionales pasan por alto ese detalle, particularmente el Congreso de los EE.UU. Los republicanos han acusado al presidente Barack Obama de querer armar terroristas. La diputada Michelle Bachmann, una republicana de Minnesota, lo llamó un anuncio del apocalipsis. «A partir de hoy los Estados Unidos van a enviarles armas a terroristas a sabiendas, deliberada y voluntariamente», dijo.

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