
Bala perdida alojada en el cerebro de un niño de 10 años dos meses después. Fuente.
No son pocas las ocasiones en las que sale a colación el tema de los «rebotes» de proyectiles de armas de fuego. El tema ─como es lógico─ genera una gran preocupación para cualquier profesional de las armas que se precie, por sus posibles consecuencias lesivas para aquellas personas que pudieran ser alcanzadas. Lo cierto es que los rebotes, junto con la dichosa sobrepenetración, tienen muy mala fama y se les atribuye un enorme peligro ─puede que más del que realmente plantean, dado que el verdadero y mayor peligro radica en fallar el blanco─. Sea por el motivo que sea, y aquí el estrés no sirve de excusa, todo proyectil que no impacta sobre su blanco se convierte en una bala perdida (stray bullet, en inglés), que necesariamente acabará impactando sobre algo, en el mejor de los casos, o sobre alguien, que posiblemente nada tenga que ver con el hecho. Lo cierto es que tristemente abundan las evidencias que demuestran el serio peligro que plantean las balas perdidas.










![Posiciones_posturas de en guardia [ready positions]](https://i0.wp.com/tirotactico.net/wp-content/uploads/2016/08/Posiciones_posturas-de-en-guardia.gif?resize=500%2C455)




En 2003, cuando dirigía el plantel de instructores del departamento de instrucción y adiestramiento de los Federal Air Marshals [agentes nacionales de seguridad aérea] en la delegación de Seattle [Seattle Field Office], mi buen amigo, antiguo soldado de Fuerzas Especiales conmigo en el 1st SFG (A) y consumado instructor, además de luchador en suelo, Ron Haskins (que Dios lo tenga en su gloria) y yo solíamos poner a prueba muchas de nuestras técnicas de una forma práctica a la antigua usanza. Nos poníamos un pantalón corto y una camiseta junto con unas gafas Bollé y peleábamos por/con un arma. La única norma consistía en que teníamos una SIG229 con 2 cartuchos Simunition; si él se hacía con el arma yo me comía los disparos simulados.

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