
Ya lo decíamos en otro artículo, «cada vez que se realiza un disparo ─y da igual si se trata de un enfrentamiento armado en la vida real o de un ejercicio de tiro en la galería/campo de tiro─ dos son los órganos de nuestra anatomía que directa e irremediablemente pueden sufrir daños a consecuencia de nuestro propio disparo: los oídos y los ojos. Ni qué decir tienen las implicaciones derivadas de los posibles daños en estos órganos: la pérdida o disminución del oído y de la vista. Para reducir nuestra vulnerabilidad lo fácil y evidente consiste en utilizar el equipo de protección individual adecuado, es decir, protección auditiva y protección ocular». En aquella ocasión hablamos de la protección ocular, así que en esta ocasión toca hablar de la protección auditiva.












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