Once años después, seguimos apuntándonos unos a otros: mismas excusas, mismas falacias, misma aberración.

Hace unos días nos llegó un vídeo grabado con un dron durante lo que parece una sesión de formación policial. Se ve a un grupo de agentes formando un círculo y apuntando hacia dentro, con el que hace de instructor ─vestido de rojo─ ocupando una de las posiciones del propio círculo. Desenfundan y encaran el arma una y otra vez, apuntándose unos a otros, y para rematar la faena terminan sacudiendo la cabeza a ambos lados. Lo publicamos acompañado de una sola frase que describía lo que se veía, y poco después nos escribió el que aparece como instructor. Resulta que el vídeo no era de dominio público, como pensábamos ─alguien lo había movido por algún grupo─, así que lo retiramos sin más discusión.

Lo que acompaña a estas líneas es ese mismo vídeo «anonimizado», con las caras difuminadas. No se reconoce a nadie, que era lo único que había que resolver, porque no se trata de señalar a nadie en concreto sino la práctica en sí. Lo volvemos a publicar porque muestra en unos segundos lo que cuesta explicar por escrito, y porque estas cosas se corrigen cuando se ven, no cuando se cuentan. Hay además un detalle que conviene tener en cuenta, y es que un ejercicio grabado desde el aire con un dron no es precisamente una sesión discreta, ya que ese tipo de grabaciones solo tienen sentido si es para enseñarlas. Lo que se analiza aquí es la práctica, no quien la practica.

Retirar un vídeo, sin embargo, no cambia nada de lo que se ve en él. Las explicaciones que se nos dieron después eran, casi palabra por palabra, las mismas que leímos hace más de 11 años en los comentarios de aquel artículo que titulamos «Aberración de seguridad con las armas de fuego. ¡Vamos a apuntarnos unos a otros!». Aquel artículo acumuló 136 comentarios repartidos en varias páginas, y releerlos hoy resulta de lo más instructivo, aunque no precisamente por lo que pretendían muchos de sus autores. Eso es justo lo que hemos hecho, releerlos todos, uno por uno, para concentrar aquí lo aprendido. No damos nombres, ni entonces ni ahora, porque esto no va de personas, sino de una práctica. El que se dé por aludido puede aprovechar para lo mismo que propusimos en su día, análisis y autocrítica.

Antes de entrar en faena conviene recordar lo básico. Las 4 normas de seguridad con las armas de fuego no son un adorno para la galería de tiro, sino capas redundantes de protección pensadas para que el error humano ─que llegará, porque somos humanos─ no acabe en tragedia. Toda arma está siempre cargada. No se apunta a nada que no se pretenda destruir. El dedo fuera del disparador hasta que los elementos de puntería estén sobre el blanco. Y hay que asegurarse de cuál es el blanco y de lo que tiene delante, detrás y a los lados. Cuando se cumplen todas, tienen que fallar varias cosas a la vez para que alguien salga herido. Cuando se decide saltarse una porque «no hace falta», se está retirando una capa de protección a propósito. Y el juego de ¡vamos a apuntarnos unos a otros! se las salta prácticamente todas de golpe.

 

Las mismas excusas, 11 años después.

La excusa estrella, ayer y hoy, es el dispositivo utilizado. En 2014 era el bloqueador de cañón, ahora nos hablan de un dispositivo que impide introducir el cartucho en la recámara, que viene a ser lo mismo. Da igual el dispositivo concreto, porque el razonamiento de fondo es el mismo y es igual de erróneo. Un dispositivo de seguridad se suma a las normas, no las sustituye. Llevar puesto el cinturón de seguridad no exime de conducir con precaución, y llevar una varilla en la pistola no permite apuntar a los compañeros ─sería como apuntarles y decirles ¡tranquilos, que no está cargada!─. Las normas funcionan por redundancia precisamente porque los dispositivos mecánicos pueden fallar y porque las personas se equivocan, sobre todo cuando están convencidas de que no pueden equivocarse. Los accidentes con armas de fuego no ocurren por voluntad de nadie. Ocurren cuando alguien pensaba que el arma no estaba cargada, o que llevaba puesta la varilla, o que tenía en la mano la pistola de entrenamiento. En 2014 el asunto tuvo además su punto de guasa, porque alguien señaló que en la foto no se veía bloqueador alguno y la respuesta fue que los había «de fabricación propia» y «de color oscuro», como si eso fuera a cambiar algo las cosas. No se trata de que se vea claramente un bloqueador en el arma, sino de lo que se está practicando e interiorizando como una práctica admisible con un arma de fuego o similar, que si te acostumbras a hacerlo no es difícil que en un descuido acabes haciéndolo con una arma real preparada para disparar ─no sería la primera vez que pasa y acaba en tragedia─.

La segunda excusa clásica es la pedagógica, el «necesito ver el empuñe de todos, por eso el círculo». Aquí tenemos un falso dilema de manual, porque se plantea como si las únicas opciones fueran el círculo o no corregir el empuñe, cuando el empuñe se lleva corrigiendo desde el albor de los tiempos desde un lado o desde detrás del tirador, uno a uno, en una línea orientada hacia una dirección segura. Desde la boca de fuego lo que se ve es la boca de fuego. En el vídeo que nos ocupa el detalle es aún mejor, porque el instructor ocupa una posición más del perímetro, desde la que difícilmente puede evaluar el empuñe de nadie salvo el del que tiene enfrente, al que por cierto está apuntando mientras tanto. Pero es que aunque pudiera verlo todo, seguiría sin justificar nada, porque existe una forma de conseguir lo mismo sin vulnerar ninguna norma. Ya lo resumió en 2014 un policía instructor estadounidense al que consultamos entonces, mucho riesgo para muy poco beneficio cuando existen otras formas de cumplir el mismo cometido.

Luego está el comodín del «es trabajo en seco». Las prácticas en seco [dry fire] tienen sus propias normas, y la primera es la de siempre, buscarse un blanco y una dirección de seguridad que no vulneren la norma número 2. Precisamente la mayoría de los accidentes ocurren con armas «descargadas», porque el hábito que se entrena en seco es el mismo que aflora luego con el arma cargada. No sirve el tópico de «con un arma real esto no lo haría», porque con un arma real se hace aquello que se haya entrenado, bien o mal. Si uno se acostumbra a ver cañones apuntándole y a apuntar a personas sin que pase nada, eso es lo que ha entrenado. En pedagogía a eso se le llama instrucción negativa, enseñar a hacer una cosa bien haciéndola mal.

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