Cómo evaluar cursos e instructores (4 de 5): señales de alarma antes de pagar.

Antes de pagar: señales de alarma.

Evaluar un curso antes de hacerlo es más fácil de lo que parece. Solo hay que saber qué preguntar y, sobre todo, observar qué respuestas no llegan.

Lee antes la tercera parte Cómo evaluar cursos e instructores (3 de 5): por qué es tan difícil verlo.

El programa como primer filtro.

Un curso serio tiene un programa escrito con objetivos de aprendizaje concretos y medibles. No «tiro en movimiento» ni «técnicas avanzadas de CQB» ─eso son etiquetas, no objetivos─. Un objetivo real tiene esta forma: «Al finalizar el curso, el alumno será capaz de desenfundar desde una funda de porte oculto y encadenar dos impactos en la zona A a 7 metros en menos de 2 segundos». Tiene cometido, condiciones y estándar. Si el programa es una lista de actividades sin rendimiento declarado, lo que tienes delante no es más que un entretenimiento. Pregúntale al instructor qué serás capaz de hacer al terminar el curso que no puedes hacer ahora, y cómo se va a medir. Si no sabe responder con claridad, es que no mide nada ─lo que generalmente significa que no sabe si sus alumnos mejoran─.

El currículum como obra de ficción.

El primer filtro sobre el instructor es siempre su currículum, pero hay que leerlo con escepticismo activo, no como si fuera el reverso de una caja de cereales. Cualquiera puede escribir cualquier cosa. La pregunta relevante no es qué dice el currículum, sino qué parte de lo que dice es verificable de forma independiente. ¿Ha servido en una unidad concreta? ¿Se puede contrastar? ¿Ha competido? ¿Dónde están los resultados? ¿Ha publicado algo que pueda ser revisado críticamente? La ausencia de todo esto no es una casualidad, es una pista.

Hay varios patrones de alarma bien documentados que permiten detectar fácilmente a los vendehúmos:

  • «X años de experiencia militar/policial», sin más detalle. Esto es intencionadamente genérico. «Estuve diez años en el Ejército» puede significar haber estado en una unidad de élite o haber sido conductor de camión. Lo relevante no es si alguien fue militar o policía, sino qué hizo con un arma de fuego durante ese tiempo y si eso se traduce en las habilidades que pretende enseñar. Un oficial de logística con veinte años de servicio no está automáticamente capacitado para enseñar tiro o CQB. Un militar que dispara generalmente con fusil no está automáticamente capacitado para enseñar tiro con pistola. Los detalles importan. La falta de detalles en ese sentido es algo intencionado para no delatarse.
  • La jerarquía inventada. Algunos instructores crean su propia organización u asociación, se certifican a sí mismos en el nivel más alto de esa organización u asociación, y luego venden cursos con esas «credenciales». Si la credencial más alta del currículum viene de una organización u asociación que el propio instructor controla, la credencial no significa nada.
  • Las certificaciones de organizaciones desconocidas. Muchas certificaciones de instructor no requieren más que un fin de semana de asistencia y un pago. Eso no hace automáticamente malos a los instructores con esas certificaciones ─alguno puede que sea bueno─, pero el certificado en sí mismo no prueba casi nada sobre la capacidad de tiro ni sobre la calidad de enseñanza. Los estándares varían enormemente. No des por sentado que un certificado significa lo mismo en organizaciones u asociaciones diferentes.

El anonimato como credencial.

En el extremo opuesto del currículum inflado está el instructor que directamente no tiene currículum porque su identidad es confidencial. Las razones alegadas son siempre variantes de lo mismo: seguridad personal, misiones en curso, compromisos con agencias que no pueden nombrarse. Lo que en el mundo de la inteligencia real es una auténtica necesidad, en el mercado de la formación se suele utilizar como el farol más rentable disponible, porque convierte la ausencia total de credenciales en argumento de autoridad. No es que no tengan nada que demostrar, es que lo que tienen es tan clasificado que demostrarlo comprometería operaciones en curso. La lógica es un círculo vicioso e irrefutable: cuanto menos puedas saber sobre quién es, más razones tienes para creer que es alguien importante.

El problema práctico es evidente. No puedes contrastar lo que no existe, no puedes verificar lo que es secreto, y no puedes cuestionar a alguien cuya identidad desconoces. El anonimato elimina de un plumazo todos los instrumentos de evaluación disponibles. No hay currículum que leer, no hay historial que contrastar, no hay competiciones en las que buscarlo, no hay publicaciones que revisar, no hay reseñas de alumnos anteriores que lo identifiquen. El instructor anónimo es inmune a cualquier forma de cuestionamiento, que es precisamente la razón por la que algunos prefieren ser anónimos. En cualquier otra profesión en la que alguien te ofrece un servicio a cambio de dinero, la identidad de la persona es un requisito mínimo, no algo opcional. En la formación táctica, una parte del mercado ha aceptado que no lo sea. El resultado predecible es que ese espacio lo ocupa exactamente quien más interés tiene en no ser identificado.

La descripción del curso como ejercicio de vagancia.

El problema no acaba en el currículum del instructor, sino que se extiende a la descripción del propio curso. La mayoría de los cursos dudosos se publicitan con el título, una imagen de impacto y cuatro líneas que mencionan a grandes rasgos los temas que se van a tratar, en términos suficientemente vagos como para que suenen bien sin comprometer nada concreto. «Tiro dinámico», «CQB avanzado», «técnicas de supervivencia en entornos hostiles». Son etiquetas diseñadas para atraer, no para informar. El alumno potencial no sabe qué ejercicios se van a realizar, qué estándares se van a exigir, qué nivel previo se requiere, ni qué será capaz de hacer al terminar que no podía hacer al llegar.

Esta vagancia no es arbitraria. Un curso con objetivos de aprendizaje concretos y medibles hace una promesa que puede incumplirse y verificarse. Un curso descrito con cuatro etiquetas atractivas no promete nada concreto y por tanto no puede incumplir nada concreto. La imprecisión es la garantía del instructor, no del alumno. Cuando la descripción del curso no te permite responder a «¿qué podré hacer al terminar que no puedo hacer ahora?», lo que tienes delante es intencionadamente indefinido. No porque el contenido sea secreto, sino porque el instructor prefiere que no sepas exactamente qué estás comprando hasta que ya hayas pagado.

La verborrea como sustituto del rendimiento.

Hay instructores que utilizan el lenguaje como cortina de humo. Hablan de «paradigmas holísticos del combate», de «integración kinestésica de la respuesta motora» o de «hoplología aplicada al espectro del conflicto» ─si no sabes lo que es la Hoplología, vas por buen camino─. Cuanto más rara y más larga sea la terminología, más probable es que haya poco detrás. Un buen instructor sabe explicar lo que hace con palabras sencillas, porque entiende lo que hace. El que no lo entiende necesita esconderse detrás de palabras que nadie entiende para que nadie pueda contradecirle. No es calidad, es humo disfrazado.

El uniforme como argumento.

El instructor que necesita vestirse como si acabara de bajarse de un helicóptero en Afganistán para dar una clase en un campo/galería de tiro tiene que hacerte saltar todas las alarmas. El equipo y la vestimenta son herramientas, no títulos. Es como si un profesor de autoescuela apareciera vestido de piloto de Fórmula 1 para que los alumnos le tomaran más en serio al enseñarles a aparcar. Si el instructor necesita la ropa para que le crean, es que la ropa está haciendo el trabajo que debería hacer el rendimiento.

El número de disparos como argumento de venta.

Algunos instructores anuncian el número de cartuchos consumidos como argumento principal del curso: «¡2.000 cartuchos en dos días!» El número de disparos  no mide el valor formativo de un curso, mide el consumo de munición. Un instructor serio diseña el número de disparos en función de los objetivos pedagógicos, no al revés. Eso puede significar muchos cartuchos o muy pocos según lo que se esté enseñando. Un tirador de precisión puede no llegar al centenar en una buena sesión de entrenamiento. Muchos disparos puede ser incluso una señal negativa. Suele implicar ejercicios sin una estructura predefinida, sin medición individual, y sin tiempo de procesamiento entre repeticiones. La pregunta relevante no es cuántos cartuchos vas a disparar sino qué serás capaz de hacer al terminar que no eras capaz de hacer al llegar. El instructor que responde a lo segundo con cifras de lo primero te está dando una pista.

«Entrenamos para la vida real, no para enfrentarnos a blancos de cartón que no devuelven los tiros».

Nadie lo va a discutir. Claro que los blancos de cartón no devuelven los tiros. Claro que un combate real no es una competición de IPSC. Nadie ha dicho que lo sea. El problema no está en la premisa, está en lo que el vendehúmos hace con ella.

Lo que hace es sencillo. Elimina el único estándar que podría evaluar su rendimiento. Si el objetivo declarado es «la vida real», el criterio de evaluación pasa a ser indefinible, inmedible y nunca disponible para ser comprobado. No hay cronómetro que sirva porque «en combate no hay cronómetro». No hay blanco que sirva porque «en la vida real no se dispara a blancos de cartón». No hay ejercicio de tiro que sirva porque «el campo/galería de tiro no replica el estrés real». Cualquier criterio objetivo que se proponga, el vendehúmos tiene preparada la razón por la que ese criterio concreto no sirve. Es el truco más antiguo del mundo. Si defines el éxito de una forma que nadie puede verificar, nunca puedes fracasar.

Lo que no dice ─porque le conviene no decirlo─ es que los instructores que mejor preparan para situaciones reales de estrés son exactamente los que más usan el cronómetro y los blancos de cartón. No porque el cronómetro replique un combate real. Sino porque la velocidad y la precisión bajo presión medida son el mejor indicador disponible del rendimiento bajo presión real. Los datos de enfrentamientos armados documentados van consistentemente en esa dirección. El cronómetro no simula una emboscada, pero sí mide si puedes rendir bajo presión de tiempo con consecuencias concretas por fallar. Eso ya es más de lo que mide ningún «escenario táctico» sin métricas, sin cronómetro y sin registro de resultados.

El instructor que rechaza la medición objetiva porque entrena para algo más importante no está subiendo el nivel. Está eliminando el único mecanismo que permitiría saber si su formación sirve para algo. No porque los blancos de cartón sean el fin, sino porque son el único laboratorio honesto disponible. Sin ellos, lo que queda es su palabra. Y su palabra es exactamente lo que está intentando venderte. El vendehúmos no se expone porque no puede permitírselo. No compite. No publica vídeos de su propio rendimiento ─o los que publica están cuidadosamente seleccionados─. No acepta retos verificables. No somete su metodología a comparación con otros instructores. Los verdaderos instructores publican sus propios resultados de los ejercicios o pruebas que utilizan en sus cursos. Cuando alguien lleva años enseñando y no tiene ni un solo vídeo tirando a buen nivel, compitiendo o siendo evaluado de forma objetiva, la pregunta es evidente: ¿por qué no? Y ahí tienes otra pista.

Las referencias como bucle cerrado.

El vendehúmos suele tener buenas referencias. El problema es de dónde vienen. Si las referencias son exclusivamente de sus propios alumnos ─que han aprendido solo de él y no tienen otras referencias─, el bucle está cerrado y no dice nada. Es como preguntarle a alguien si es bueno en su trabajo y que te responda que sí. Lo que hay que buscar son referencias externas, de personas que no tengan interés directo en hablar bien de él, que lo hayan visto actuar y puedan dar una opinión técnica fundamentada.

Aquí entra en juego una herramienta que en el mundo anglosajón se usa de forma sistemática, lo que llaman After Action Reviews (AARs), que son amplias reseñas sobre cursos publicadas por alumnos en blogs independientes. Son análisis detallados de cursos que incluyen qué se enseñó, qué funcionó, qué no, cómo fue la gestión del instructor y si el contenido ofreció lo que prometía. Vienen de gente que ya pagó y no tiene incentivo para hablar bien si no lo merece. Busca este tipo de reseñas antes de apuntarte a cualquier curso. Si no encuentras ninguna de un instructor con años de actividad, esa ausencia tampoco es capricho. Significa que nadie con criterio suficiente para escribir un análisis técnico ha asistido a sus cursos, o que los que asistieron prefirieron no hacerlo público. Podría ser otra pista.

Las redes sociales como credencial falsa.

El mercado de la formación está saturado de instructores cuya principal credencial es su número de seguidores. Las redes sociales premian la estética, la personalidad y la narrativa. Ninguna de esas cosas predice la calidad de la enseñanza ni la precisión técnica. Un instructor con 150.000 seguidores en Instagram puede haber conseguido ese número siendo fotogénico con ropa táctica. Eso no te dice nada sobre si será capaz de diagnosticar tu problema específico de empuñe, ni si su metodología se basa en algo más que lo que le pareció útil durante su carrera. La reputación en la comunidad formativa seria ─entre instructores que asisten a los cursos de otros y pueden evaluar la calidad técnica─ es una señal mucho mejor que el número de seguidores. Pregúntate ¿el instructor está vendiendo su imagen o su curso?

El instructor que nunca recibió formación de nadie más.

Un instructor legítimo debería ser estudiante de por vida. Un instructor que no ha asistido a un curso externo en años ─o que solo ha recibido formación dentro del sistema que ahora enseña─ está, por definición, trabajando con información no contrastada y posiblemente obsoleta. Hay instructores que tiene documentadas miles de horas de formación formal con los mejores instructores del sector. Eso no es vanidad, es rigor metodológico.

 

Qué deberías estar aprendiendo ─y cómo saberlo─.

Antes de meterte en un curso tienes que responder una pregunta previa que suele evitarse: ¿para qué vas? No es una pregunta retórica. Es la más importante. Si no sabes lo que necesitas aprender, cualquier instructor puede venderte lo que quiera. Y el vendehúmos lo sabe perfectamente.

Hay una diferencia entre ir a un curso porque tienes una necesidad formativa concreta y detectada, e ir porque el cartel era chulo y el instructor tiene muchos seguidores en Instagram. En el segundo caso no estás buscando formación, estás buscando una experiencia. Y eso tiene su precio, claro, solo que no siempre el que crees que estás pagando.

Una vez tienes claro lo que necesitas, puedes evaluar si el contenido del curso lo cubre. Para eso el programa importa. Los objetivos reales tienen la forma de «al finalizar el curso el alumno será capaz de hacer X en Y condiciones a un nivel Z medido de tal manera». Si el programa no tiene eso ─o si el instructor no es capaz de explicarlo cuando se le pregunta─, el problema es evidente.

Si no sabes lo que necesitas aprender, cualquier instructor puede venderte lo que quiera. Y el vendehúmos lo sabe perfectamente.

Lee la parte 5 y última: qué observar durante el curso, cómo evaluarlo después y la herramienta completa de 15 indicadores más el test numérico.

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