Cómo evaluar cursos e instructores (3 de 5): por qué es tan difícil verlo.

Por qué es difícil verlo: los sesgos del alumno.

Antes de hablar de señales de alarma conviene entender por qué son tan difíciles de ver. No es que los vendehúmos sean listos ─que algunos lo son─. Es que explotan mecanismos psicológicos reales que actúan en tu contra desde el momento en que pagas por un curso.

Lee antes la segunda parte Cómo evaluar cursos e instructores (2 de 5): lo que te puede costar caro.

La paradoja del alumno.

Este es el mayor problema: si vas a un curso es precisamente porque no sabes lo suficiente sobre ese tema. Y si no sabes lo suficiente sobre ese tema, no tienes los instrumentos necesarios para evaluar si lo que te están enseñando es bueno, malo, obsoleto, peligroso o directamente inventado. La formación crea una paradoja en la que el alumno es incapaz de juzgar el producto que está comprando en el momento en que lo compra. No porque sea tonto, sino porque la ignorancia que lo llevó al curso es exactamente la misma ignorancia que le impide detectar si el curso es una estafa. El vendehúmos sabe esto mejor que nadie. El alumno que ya sabe no necesita al vendehúmos y el que no sabe no puede verlo. Es el mercado perfecto.

Pero el problema va aún más allá. No es solo que el alumno no sepa lo suficiente sobre el tema, es que muchas veces tampoco sabe lo que necesita aprender, ni tiene criterio para distinguir quién puede enseñárselo. Llega al mercado de la formación sin rumbo, lo que significa que va a tomar decisiones de compra basándose en apariencias que cree que indicadores de calidad, pero que no lo son. Y esas apariencias son precisamente las que el vendehúmos ha aprendido a utilizar en su favor.

Lo primero es la narrativa. Una explicación que suene a película de acción ─términos militares, referencias a operaciones, jerga de unidades especiales, anécdotas de situaciones límite─ activa en el oyente no entrenado la misma respuesta que cualquier historia bien contada: suspensión del escepticismo y atribución de autoridad al narrador. El problema es que la capacidad de contar una historia convincente sobre combate real no tiene ninguna correlación con la capacidad de enseñar técnica de tiro. Son habilidades completamente distintas. Pero el alumno que no tiene criterio técnico no puede separar el envoltorio del contenido, y el envoltorio es exactamente lo que el vendehúmos ha preparado.

Lo segundo es lo que en inglés llaman BTDT (Been There Done That) [haber estado allí, haber hecho eso] elevado a argumento definitivo. Si además de la narrativa hay una historia de haber estado allí y haberlo hecho, el alumno sin criterio da el asunto por cerrado. No necesita más. Lo que ya hemos visto en la sección anterior ─que haber sobrevivido no prueba haberlo hecho bien, que la experiencia real no es un laboratorio de pruebas, que la distribución de experiencia de combate dentro de una unidad es muy desigual─ el alumno no entrenado no lo sabe y no lo va a preguntar. El BTDT actúa como silenciador de dudas, porque después de contarlo nadie va a osar ponerlo en duda.

El tercero es el sesgo de popularidad. Si tiene muchos seguidores en redes sociales, si ha salido en televisión, si aparece en podcasts, si su nombre circula en foros, el alumno sin criterio interpreta todo eso como señal de calidad. La lógica implícita es que tanta gente no puede estar equivocada, que alguien habría dicho algo si no fuera bueno, que la visibilidad implica validación. Las tres premisas son falsas. Las redes sociales premian el contenido que genera reacción emocional, no el que es técnicamente correcto. La televisión busca personajes fotogénicos con historias atractivas, no instructores rigurosos. Los foros amplifican a quien genera comunidad, no necesariamente a quien enseña mejor. La popularidad es una métrica de alcance, no de calidad. Pero para el alumno que no tiene otra referencia, es la más accesible y la que más pesa.

La confluencia de los tres ─narrativa de acción, aura del BTDT y popularidad percibida─ produce en el alumno sin criterio una convicción de haber encontrado exactamente lo que buscaba, antes incluso de haber visto una sola clase. Y esa convicción previa actúa como filtro que descarta cualquier señal de alarma posterior: el alumno ya ha decidido que el instructor es bueno, así que cualquier evidencia en sentido contrario se reinterpreta como malentendido o envidia de los que no están dentro.

Esto tiene una consecuencia que va más allá del dinero perdido. El alumno que no puede evaluar la calidad de lo que aprende tampoco puede evaluar su propio rendimiento antes ni después del curso. Sin esa referencia, cualquier sensación de mejora ─por vaga e infundada que sea─ se convierte en certeza. Y la certeza sin base objetiva es autoconfianza sin base objetiva. En el contexto del uso y manejo de un arma de fuego, esa autoconfianza puede ser letal: el alumno convencido de que sabe lo que hace porque pagó el curso tiene menos probabilidades de seguir entrenando, menos probabilidades de buscar evaluación externa, y más probabilidades de actuar en una situación real con una capacidad real muy por debajo de la que cree tener. El vendehúmos no solo te vende ignorancia, te vende la ilusión de que ya no la tienes.

El sesgo de identificación por perfil.

Hay un mecanismo que actúa antes incluso de que el alumno haya leído el programa del curso ─si es que tiene programa siquiera─: la valoración del instructor en función de si comparte el mismo perfil profesional que el alumno. El policía que sobrevalora automáticamente al instructor que también fue policía ─sin preguntarse qué hizo ese instructor con su arma durante su carrera, ni si su rendimiento en el campo/galería de tiro es mejor que el de cualquier competidor civil─. El militar que descarta por defecto a cualquier instructor sin experiencia militar, aunque sea Gran Maestro en USPSA y tenga más horas de entrenamiento que cualquier soldado de su unidad. El competidor que desconfía del instructor que nunca ha competido, o el combatiente que desprecia al que nunca ha estado en zona de operaciones.

En todos los casos el criterio de selección es la identidad compartida, no el rendimiento demostrado. Es una variante del sesgo de grupo de pertenencia aplicada a la formación: «es de los nuestros, así que sabe». El problema es que pertenecer al mismo colectivo profesional no transfiere automáticamente ninguna habilidad concreta. Un policía con veinte años de servicio puede haber disparado con pistola exclusivamente en las tiradas anuales, cumpliendo el mínimo exigido, sin haber dedicado un solo minuto de entrenamiento voluntario. Otro policía puede haber competido regularmente, entrenado con los mejores instructores disponibles y documentado su progreso durante esa misma carrera. El uniforme es el mismo. El rendimiento no.

El sesgo funciona también en dirección negativa: el alumno que infravalora al instructor precisamente porque comparte su perfil. El policía que desconfía de otro policía porque «ya sé cómo entrena la policía», generalizando la mediocridad del sistema al individuo sin evaluar si ese individuo concreto ha superado por voluntad propia las limitaciones del sistema. O el civil que descarta al instructor militar porque asume que todo lo que viene de las Fuerzas Armadas está orientado al combate de alta intensidad y no se aplica al uso del arma en el ámbito civil, sin considerar que ese instructor en concreto puede haber desarrollado una metodología perfectamente adaptada al ámbito civil.

Existe además una tercera variante, más sutil: el que sobrevalora precisamente al que no es como él. El policía que desconfía por principio de cualquier instructor que venga del entorno policial ─porque conoce desde dentro las limitaciones del sistema de formación de su cuerpo y las generaliza a todos los que lo integran─ y en cambio atribuye autoridad automática al instructor civil, al competidor deportivo o al instructor de otro país, sin evaluarlos con más rigor que al que descarta. La desconfianza en el sistema propio puede ser perfectamente fundada: hay cuerpos policiales con formación cronológicamente fosilizada, tiradas anuales que no miden nada real y cultura institucional que penaliza el entrenamiento voluntario. Pero esa crítica válida al sistema no es transferible sin más al individuo. El instructor que proviene de ese sistema puede haberlo superado por su cuenta. Y el instructor externo al que se le atribuye autoridad por ser externo puede ser tan mediocre o más que el que se descartó sin mirar.

En las tres direcciones ─sobrevaloración por identificación, infravaloración por prejuicio y sobrevaloración de lo ajeno por desconfianza en lo propio─ el mecanismo es el mismo: el perfil sustituye al rendimiento como criterio de evaluación. Y el rendimiento es lo único que debería importar.

A ello se añade la posición de autoridad que el alumno otorga automáticamente al instructor en el momento de pagar. No es solo deferencia social, aunque también lo es. Es que el acto de pagar por una formación implica un reconocimiento previo de la superioridad del otro en ese tema. Ese reconocimiento es necesario para que el aprendizaje funcione, pero también es la palanca que el mal instructor usa para blindarse ante cualquier cuestionamiento. El alumno que duda tiene que superar no solo su propia incertidumbre sino la autoridad que él mismo ha conferido al instructor. La mayoría no lo hace.

El sesgo de inversión.

El alumno que paga 600€ y pasa un fin de semana en un curso tiene un incentivo psicológico muy poderoso para convencerse de que el curso y los instructores son buenos. Admitir que fue una estafa implica admitir que fue lo suficientemente ingenuo como para caer en ella, y eso duele más que los 600€. El resultado es que los peores cursos a veces generan las reseñas más entusiastas, porque los alumnos las escriben en parte para convencerse a sí mismos. Es una variante del sesgo del coste hundido combinado con disonancia cognitiva, y es tan potente que puede mantenerse durante años. Esto hace que las reseñas de alumnos directos sean una métrica aún más contaminada de lo que parece a primera vista.

La construcción de tribu como mecanismo de control.

El instructor que construye identidad grupal ─«nosotros los que sabemos», «los demás son borregos que no entienden»─ no está generando camaradería inocente. Está creando un coste psicológico muy alto para el cuestionamiento interno. Si cuestionar al instructor equivale a traicionar al grupo, los alumnos que empiezan a tener dudas tienen que elegir entre expresarlas y dejar de pertenecer al grupo, o callarse y seguir dentro del grupo. La mayoría se callan. Es exactamente el mismo mecanismo que funciona en cualquier estructura sectaria, aplicado al mundo de la formación táctica. Y es particularmente efectivo con personas que han encontrado en ese grupo una comunidad que no tenían antes.

La exclusividad como argumento de venta.

«Los demás no saben lo que es bueno» tiene una función doble: desacredita preventivamente cualquier criterio externo que pueda desafiar al instructor, y hace que el alumno sienta que su inversión le ha dado acceso a algo que otros no tienen. Es el mecanismo exacto de cualquier producto de lujo de dudosa calidad. Fíjate que esto también explica por qué algunos de estos instructores atacan activamente a otros instructores o a la competición deportiva: no es crítica técnica, es gestión del perímetro tribal. Si el alumno empieza a respetar otras fuentes, el monopolio de sabiduría del instructor se erosiona.

La jerga como pegamento tribal y fuerza de ventas.

Algunos instructores desarrollan su propio vocabulario ─términos propios, expresiones acuñadas, conceptos renombrados─ que sus alumnos aprenden y reproducen. Esto no es pedagogía; es ingeniería de identidad. Cuando el alumno empieza a usar la terminología del instructor en sus conversaciones con otros tiradores, está haciendo dos cosas simultáneamente: reforzando su pertenencia al grupo y publicitando al instructor de forma gratuita. El que no conoce la jerga queda fuera; el que la adopta queda dentro y tiene un incentivo para traer a otros dentro. Es el modelo exacto de un sistema de ventas multinivel aplicado a la formación táctica.

Esta jerga tiene además una función defensiva muy eficaz: hace que las críticas externas sean difíciles de articular dentro del grupo. Si alguien de fuera cuestiona una técnica usando terminología estándar del sector, el alumno iniciado puede descartarlo fácilmente ─«es que no entiende el sistema»─ sin tener que evaluar el argumento técnico. El instructor no necesita refutar la crítica; sus propios alumnos lo hacen por él, con entusiasmo, porque defender al instructor es defender su propia identidad. El resultado es una comunidad de defensores voluntarios que lo venden, lo protegen y reclutan nuevos alumnos, todo sin coste para el instructor y todo construido sobre el mismo sesgo de inversión que ya les impidió ver el problema desde el principio.

La epistemología sectaria.

El vendehúmos no debate, no argumenta y no razona. Impone. Su único marco de referencia es la propia experiencia y la de sus colegas más cercanos ─que generalmente comparten el mismo sistema y han llegado a las mismas conclusiones por el mismo camino─. Cualquier evidencia externa que contradiga esa experiencia no se evalúa: se descarta. No porque la hayan analizado y encontrado deficiente, sino porque no encaja. La experiencia colectiva acumulada durante décadas por miles de tiradores, los datos de competición, los estudios de enfrentamientos armados reales, la investigación biomecánica: todo eso desaparece si alguien de dentro del grupo tuvo alguna vez un problema con una pistola concreta, o si el instructor lo intentó una vez y no le funcionó.

Lo que queda como base de toda la argumentación son anécdotas. No datos, ni comparaciones controladas, ni experimentos replicables. Anécdotas propias o de conocidos, tratadas como evidencia universal. «A mí me falló». «Un colega mío lo hizo así y le fue bien». «En mi unidad siempre lo hacíamos de esta manera». Esto no es argumento; es autobiografía elevada a dogma. Y el problema no es solo que sea epistemológicamente débil: es que es irrefutable dentro del sistema, porque cualquier dato que lo contradiga puede descartarse con «eso no es lo mismo que la experiencia real». Así se cierra el círculo.

Este patrón es visible desde antes de pagar. Observa cómo responde el instructor cuando alguien le plantea una posición técnica distinta a la suya, ya sea en redes sociales, en foros o en el propio marketing del curso. Una señal positiva es que el instructor responde con datos, con referencias, con razonamiento articulado, aunque no esté de acuerdo. El que descarta con desdén, apela a su propia experiencia como argumento definitivo, ataca al que pregunta en lugar de responder la pregunta, o sencillamente no responde, eso también te está diciendo algo. La forma en que trata el desacuerdo antes de que seas su alumno es exactamente la forma en que tratará tus dudas cuando lo seas.

La innovación performativa.

Algunos instructores innovan no para mejorar el aprendizaje sino para diferenciarse. Las descargas de Taser como método de «inoculación de estrés» son el ejemplo perfecto. Nadie que entienda cómo funciona realmente el estrés en el rendimiento motor usaría una descarga eléctrica para este fin. La investigación sobre estrés y rendimiento dice que el estrés que mejora el rendimiento bajo presión se genera mediante presión de tiempo, consecuencias medibles y repetición deliberada. Una descarga de Taser genera pánico agudo y una experiencia memorable. No genera habilidad transferible. Lo que genera es una historia que el alumno va a contar durante años: «¡tío, me dieron con un Taser! ¡fue brutal!» Eso es exactamente lo que el instructor necesita: diferenciación de mercado y material para redes sociales. La innovación ridícula no busca mejorar el aprendizaje, busca distinguirse.

El maltrato como señal de calidad.

Este es quizás el más perverso de todos porque invierte una señal real. Es cierto que algunas unidades de élite tienen procesos de selección muy duros. Pero hay una diferencia fundamental entre dureza funcional ─presión que replica condiciones reales, exigencia de estándares objetivos, consecuencias medibles por el fallo─ y maltrato decorativo. El instructor que grita insultos, humilla a los alumnos y aplica cierto maltrato físico no está replicando condiciones reales: está usando la estética de la dureza sin ninguno de sus fundamentos funcionales. Lo que logra es exactamente lo que busca: los alumnos que lo aguantan salen sintiéndose especiales por haberlo aguantado, lo que los convierte en defensores activos de algo que en realidad solo les ha enseñado a aguantar gritos. El mito de que el maltrato produce guerreros está desacreditado incluso dentro de las Fuerzas Armadas más exigentes del mundo, donde el modelo ha evolucionado hacia exigencia de rendimiento objetivo con respeto al individuo. El instructor que no ha recibido esa actualización sigue pensando en el modelo de 1960, «la letra con sangre entra».

El vendehúmos no solo te vende ignorancia, te vende la ilusión de que ya no la tienes.

Lee la parte 4: señales concretas para detectarlo antes de pagar. Porque a estas alturas ya sabes que después es demasiado tarde.

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