Michael Burghardt no solo sobrevive a la explosión de un AEI bajo sus pies, sino que además conserva todas las piezas de su cuerpo. 19 de septiembre de 2005. Ramadi, Irak.

Quien realmente lidera el combate es el Sargento Primero Michael Burghardt, del Cuerpo de Infantería de Marina de EE.UU., conocido como «Iron Mike» [Miqui de hierro]. En 2005 fue su tercer despliegue en Irak. Se había convertido en una leyenda en el mundo de los desactivadores de artefactos explosivos tras ser condecorado con la Estrella de Bronce por desactivar 64 AEIs (Artefacto Explosivo Improvisado) y destruir 1.548 municiones durante su segundo despliegue.

Burghardt, natural de Huntington Beach, California (EE.UU.), tenía 35 años en aquel momento, con 18 años de servicio en el Cuerpo, los últimos 15 como desactivador de explosivos. Precisamente estaba desplegado como miembro de una unidad de desactivación de explosivos (EOD) con la misión de localizar, identificar, desarmar y desactivar los AEIs que los insurgentes iraquíes utilizaban cada vez más como arma ofensiva contra las tropas estadounidenses.

El 19 de septiembre de 2005 lo volaron por los aires. Acababa de llegar a una situación caótica cerca de Ramadi, en la que cuatro infantes de marina estadounidenses habían muerto por una bomba. Optó por no llevar el voluminoso traje de protección frente a explosiones. «No puedes reaccionar ante los disparos de un sniper y tienes visión de túnel», explicaba. Así que, protegido únicamente por un casco y un chaleco de dotación de protección frente a fragmentos, inició lo que los desactivadores de explosivos denominan «el camino más largo», metiéndose cuidadosamente paso a paso en un cráter de 1,5m de profundidad y 2,5m de anchura.

La tierra se corrió ligeramente y vió la base de carga de un teléfono inalámbrico Senao de la que salía un cable. Cortó el cable y utilizó su cuchillo de 18cm para comprobar el terreno. «Me encontré entre mis pies un trozo de cordón detonante rojo», decía. «Ahí es cuando supe que estaba jodido». Tras darse cuenta que había caído en una trampa, el Sargento Primero Burghardt, gritó a todo el mundo que se apartaran. En ese momento, un insurgente, posiblemente observando con unos binoculares, pulsó un botón de su teléfono móvil para detonar el artefacto explosivo secundario bajo los pies del sargento primero. «Un escalofrío me recorrió la espalda y entonces explotó la bomba», recordaba. «Cuando estaba en el aire recuerdo que pensaba, «no me puedo creer que me hayan pillado». Lo único que me cabreaba es que fueran capaces de pillarme. Acto seguido estaba tirado en la carretera, sin sentir nada de cintura para abajo».

Sus compañeros lo daban por muerto, tras la lluvia de tierra y fragmentos de la explosión. Le cortaron los pantalones para comprobar la gravedad de sus heridas. Nadie se podía creer que aún tuviera las piernas en su sitio. Únicamente resultó herido y con quemaduras en la espalda, piernas y costado, volviendo al servicio menos de un mes después.

«Mi padre es un veterano de Vietnam que se quedó paralítico de cintura para abajo», decía el Sargento Primero Burghardt. «Estaba allí tendido pensando que no quería estar en una silla de ruedas junto a mi padre y que él me viera de esa manera. Empezaron a cortarme los pantalones y noté un dolor muy agudo y la sangre corriendo pierna abajo. Entonces moví los pies y pensé, «bien, funcionan». Cuando llegó una camilla, la adrenalina y el enfado entraron a jugar. Decidí ir andando por mi propio pie hasta el helicóptero. No iba a dejar que mis compañeros vieran cómo me llevaban en camilla». Se puso de pie y saludó con un dedo a los insurgentes que lo habían volado por los aires. «Les levanté el dedo. Fue como decirles, «vale, perdí esta partida, pero volveré la semana que viene»».

Hay copias de una foto, realizada por Jeff Bundy para el periódico Omaha World-Herald, en la que se le ve desafiando a los insurgentes con el dedo levantado, adornando las paredes de muchas casas por todo Estados Unidos y en la del Coronel John Gronski, el comandante de la Brigada en Ramadi, que proclama que la imagen es el vivo ejemplo del espíritu del guerrero.

Las heridas sufridas por el Sargento Primero Burghardt lo dejaron fuera de servicio durante casi un mes y podían haberle valido para un billete de vuelta a casa. Pero, como su padre ─que fue condecorado con una Estrella de Bronce y tres Corazones Púrpura por sus heridas en combate en Vietnam─, se quedó en Ramadi para continuar combatiendo a los insurgentes.

Fuente: LinkedIn.

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