Todas las emboscadas en Vietnam guardaban sorpresas. Esta acabó en muerte. Por Stanley Ross.

Hay cosas de las que se habla poco y esta es una de ellas. Se aprende el planeamiento de una emboscada, la ocupación de la posición, los sectores de tiro, la señal de fuego, la recogida y el repliegue. Todo eso está en los manuales y se practica. Lo que viene después no está en ningún manual. Stanley Ross tenía veinte y pocos años en 1968 cuando le tocó averiguarlo por su cuenta en el Altiplano Central de Vietnam, y sigue dándole vueltas casi 60 años más tarde. Nos parece un texto necesario e interesante porque se basa en una Guerra mítica para cualquier militar de cualquier edad. Agradecemos a The War Horse su autorización expresa para traducirlo y publicarlo aquí para mayor difusión, ya que es un asunto del que tampoco se habla mucho en inglés.

(Este artículo es una traducción autorizada de su original en inglés Every Ambush in Vietnam Held Surprises. This One Ended in Death, escrito por Stanley Ross y publicado en The War Horse con fecha 15 de julio de 2026)

 

Todas las emboscadas en Vietnam guardaban sorpresas. Esta acabó en muerte.

«Nos dijeron que la guerra era fácil, o el otro tipo o yo. Entonces creí a nuestros mandos. Ahora ya no estoy tan seguro».

Por Stanley Ross. 15 de julio de 2026.

Más de 5 décadas después de 1968, uno año especialmente violento de la guerra, todavía llevo grabadas en la mente la lluvia, el hambre y la desgracia del Altiplano Central de Vietnam. La muerte era el propósito de nuestra emboscada, y la encontramos.

Estaba destinado en la Compañía A del 3er Batallón de la 173ª Brigada Aerotransportada como observador avanzado [forward observer], encargado de enlazar nuestra compañía con la artillería, el apoyo aéreo y los helicópteros armados. Nos aerotransportaron hasta allí porque había una fuerte presencia Viet Cong (VC) cerca.

La incesante lluvia nos hacía la vida imposible, especialmente a mi porque llevaba gafas y tenía que limpiarlas continuamente.

El reaprovisionamiento era casi imposible, porque estábamos en lo alto de un monte metido entre las nubes. Las raciones estaban bajando a niveles peligrosos y nos enfrentábamos a la posibilidad de tener que bajar de las montañas para reaprovisionarnos.

Nuestro único y mayor miedo, aparte de caer en una emboscada enemiga o pisar una trampa explosiva, era agotar las baterías de radio. Sin enlace con la plana mayor del batallón quedábamos expuestos a un ataque y a que el VC nos sobrepasara. Guardábamos una sola batería de respeto en una bolsa estanca para emergencias.

Aunque los helicópteros podían reaprovisionar a las tropas en el terreno, bajar hasta la zona de aterrizaje habría supuesto abandonar la misión que describe este texto (Foto cortesía de Stanley Ross).

Ir andando hasta la zona de aprovisionamiento en la base de la montaña era una opción, pero significaba abandonar la misión. La amenaza de una emboscada del VC era inminente, lo que hacía tal movimiento imposible.

El cuarto día de la operación, el teniente y el sargento primero de la sección nos explicaron nuestro próximo cometido: dos pelotones montarían una emboscada; yo iba a acompañarles como observador avanzado.

Preparé concienzudamente mi equipo con la esperanza que el tiempo nos diera una tregua. El diluvió continuó, pero nuestra determinación para cumplir la misión con éxito era inquebrantable.

En la madrugada del día de la emboscada, el lugar estaba envuelto por la oscuridad mientras la lluvia azotaba árboles y matorrales. Sonaba como fuego de ametralladora. Mi equipo y mi mochila acabaron empapados durante nuestra marcha hasta el lugar de la emboscada. Recé para que nuestra vigilancia evitara que el enemigo nos pillara por sorpresa.

Con un M-16 limpio y engrasado, junto a seis cargadores en la bandolera y uno en el fusil, estaba listo para enfrentarme al enemigo. Me senté sobre mi poncho de respecto para no mojarme y me eché el otro por encima de los hombros.

Puse las granadas de mano en el suelo a mi lado, listas para agarrar y lanzar.

El cabo primero revisó nuestras posiciones para asegurarse que nadie estaba en la línea de tiro de otros. Dos de mis compañeros colocaron una minas direccionales Claymore cada uno a lo largo de la zona de la emboscada. Si el VC venía de una dirección u otra, uno de ellos accionaría la claymore, lanzando cientos de pequeñas bolas de metal hacia el enemigo.

Teníamos que quedarnos quietos, estar en silencio, tener paciencia y permanecer despiertos. Teníamos mucha experiencia en montar emboscadas y en ser emboscados. Unas veces pillábamos a alguien y otras no, pero nunca habíamos tenido que matar a nadie.

El tiempo se alargaba bajo el aguacero. Tener que limpiar las gafas me mantenía más o menos despierto. Yo solo daba cabezadas, al contrario que mis compañeros, que estaban fritos a mi alrededor.

Aquellas horas parecían días y la lluvia repiqueteando en la vegetación ya sonaba una nana. Me entró miedo al caer en la cuenta de que dormirme comprometía nuestra seguridad.

De repente vi a varios combatientes del VC avanzaban despacio hacia nosotros, con los AK-47 colgados al hombro, ajenos a nuestra presencia. Noté una inyección de adrenalina y pánico cuando la cara de un soldado enemigo apareció de golpe delante mía.

Una ráfaga rompió el silencio cuando presioné el disparador. Se despertó el caos y todo el mundo empezó a gritar. Un compañero accionó su claymore mientras el VC huía, dejando atrás a uno de los suyos.

El autor, de pie a la izquierda, en un campamento en lo alto de una montaña en Vietnam con su compañía, en 1968 (Foto cortesía de Stanley Ross).

El VC muerto no tenía más años que nosotros, un testamento inolvidable de los horrores de la guerra. Me quedé bloqueado al darme cuenta de que había quitado una vida.

Al día siguiente la compañía recogió todo y nos fuimos andando hasta la zona de aterrizaje, donde los helicópteros nos aerotransportaron de vuelta a la base del batallón. Dimo gracias por haber terminado la misión sin bajas propias.

En teoría, la misión fue un éxito.

Pero el recuerdo de aquella emboscada ─las noches calados por la lluvia, sin comida, y, sobre todo, la cara del soldado muerto─ no deja de perseguirme.

Probablemente tuviera nuestra edad, quizá menos. Aquella cara sin vida, vacía, se me quedó grabada en la cabeza. «¿Así es la muerte?», me preguntaba. Su cuerpo era como un objeto inanimado, no la persona viva y respirando que había sido.

Aunque han pasado los años, todavía puedo verle avanzando a través de los matorrales y girar la cabeza justo cuando presionaba el disparador. No fallé.

Fue la primera vez que tuve que matar a alguien.

Stanley Ross posando con su fusil en 1968, mientras su compañía prepara un lanzamiento de suministros para otra misión (Foto cortesía del autor).

Cuando aquello acabó, se quedó tirado a pocos metros de mi, con los ojos aun abiertos. Recuerdo arrodillarme a su lado a la espera de un sonido, una respiración, que nunca vino.

Le hice una foto. Me dije a mi mismo que era para dejar constancia, pero puede que fuera por algo más que eso. Puede que fuera la prueba de que lo había hecho de verdad. O culpa. Durante semanas no fui capaz de mirar la foto. Cuando por fin la miré, no podía dejar de pensar en ello.

Pensé en su familia: una madre esperando a su hijo, un padre que nunca sabría dónde estaba enterrado. Lo dejamos en una fosa poco profunda en lo alto de aquella montaña, mientras el viento nos azotaba y aves carroñeras daban vueltas encima en busca de comida.

Nuestros mandos nos dijeron que la guerra era fácil: o el otro tipo o yo. Entonces me lo creí; ahora ya no estoy tan seguro. Aquel día perdí una parte de mí que nunca recuperé. El chaval dentro de mi murió con aquel VC. Siempre llevaré la carga de haber matado a otra persona, marcado para siempre por el eco de un pasado lejano.

A veces, cuando la noche se queda demasiado tranquila, vuelvo a ver su cara. Y me acuerdo del momento en que todo cambió.

Esta reflexión de The War Horse fue editada por Kim Vo, verificada por Jess Rohan y corregida por Mollie Turnbull. Paul Szoldra escribió los titulares.

Stanley Ross fue criado por una madre soltera en una vivienda social antes de entrar en el Ejército de Tierra estadounidense en 1967. Pasó 2 años en Vietnam, primero un año con la 173ª Brigada Aerotransportada y después un año en el Mando de Asistencia Militar en Vietnam [Military Assistance Command Vietnam], en Pleiku. Posteriormente consiguió varias titulaciones, montó y dirigió varios negocios pequeños, trabajó como asesor financiero en una empresa de servicios financieros y fue profesor titular en la Facultad de Empresariales de la Universidad Estatal de Bridgewater hasta su jubilación en 2022. Ha publicado artículos sobre empresa y tres libros de texto de la materia.

 

Fuentes.

ROSS, Stanley. Every Ambush in Vietnam Held Surprises. This One Ended in Death. The War Horse. 15 de julio de 2026.

Este artículo apareció primero en The War Horse y se reproduce aquí bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 4.0 Internacional, con autorización expresa de su redacción para la traducción al español. Las fotografías son cortesía de Stanley Ross y se publican junto al texto con sus pies originales.

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x
¿Te avisamos cuando publiquemos un artículo? Vale No, gracias