Cómo evaluar cursos e instructores antes, durante y después de sufrirlos o disfrutarlos ─ARTÍCULO COMPLETO─

Cualquier curso, sea de lo que sea (tiro, CQB, protección de personas), te puede perjudicar y mucho de dos maneras. La más obvia es tirar el dinero, aunque te sobre, al pagar por un curso que no te enseña nada útil. Sin embargo, la más peligrosa es hacer un curso, y además pagando, en el que te enseñen algo que te exponga a sufrir graves consecuencias: una técnica que no funciona, un hábito que te deja en desventaja, una falsa sensación de competencia que no te permite ver tu auténtica mediocridad y te aparta del buen entrenamiento. Los malos cursos e instructores no son solo una pérdida de tiempo y dinero, sino aun peor, te ponen en peligro.

También hay dos tipos de personas que van a un curso o acuden a un instructor ─de lo que sea─. Por un lado están los que van a aprender algo concreto porque saben lo que necesitan. Por otro lado están los van a vivir una experiencia para contar en redes sociales.

Además hay dos tipos de instructores. Por un lado están los que realmente saben lo que enseñan y son capaces de demostrarlo de alguna forma objetiva y medible. Por otro lado están los que llevan diez, veinte, treinta o cuarenta años haciendo lo mismo de la misma forma sin ser capaces de demostrar nada.

El problema es que los del «por otro lado» ─tanto alumnos como instructores─ suelen ser mayoría y se encuentran los unos a los otros como las moscas y la mierda. Este artículo va de cómo no ser la mosca.

 

El problema de fondo: confundir antigüedad con competencia.

El error conceptual más extendido en el mundo de la formación en tiro, por ejemplo, es simple. La antigüedad no es competencia. Llevar treinta o cuarenta años haciendo lo mismo de la misma forma, con los mismos alumnos, en el mismo campo de tiro, con los mismos ejercicios y sin que nadie los evalúe externamente, no convierte a nadie en experto. Lo convierte en veterano de sus propios hábitos. La diferencia es fundamental.

Un alto rendimiento es demostrable. Tiene resultados objetivos, medibles y evaluables. No es una sensación, ni una reputación construida a base de habladurías o fotos y vídeos en Instagram. El rendimiento lo dicta el cronómetro, los blancos, el factor de impacto, los resultados en competiciones. Algo que esté ahí y que se pueda comprobar. El vendehúmos, por definición, no tiene nada de eso. Por eso lo evita.

Hay un principio que simplifica todo lo que viene después: en la formación en tiro lo único que vale es lo objetivo, es decir, lo observable, lo medible y lo evaluable. Velocidad y precisión. Esas dos variables lo dicen todo. Un instructor que no mejora tu velocidad y precisión de forma documentada no te ha dado nada, independientemente de lo interesantes que fueran sus anécdotas, lo impresionante que fuera su currículum o lo bien que te lo hayas pasado. Y un curso que no te permite medir si has mejorado en velocidad y precisión no es entrenamiento, es entretenimiento. Todo lo demás ─las historias para no dormir, el currículum inflado, la jerga, el disfraz de operador táctico, el número de seguidores─ es ruido. El cronómetro y los blancos no mienten.

 

El alto rendimiento como filtro: por qué enseñar lo de siempre no es suficiente.

En 1968, Dick Fosbury ganó el oro olímpico en salto de altura saltando de espaldas. Nadie lo había hecho así antes. Diez años después todo el mundo saltaba ya de espaldas porque los resultados lo imponían. No hubo debates neurocientíficos ni pollas en vinagre: el rendimiento sentó cátedra. A los que siguieron saltando de frente no les faltaba dedicación para intentar mejorar sus marcas, sino que ignoraron las evidencias y se quedaron atrás.

En el tiro pasó algo parecido. Durante décadas la posición/postura Weaver fue la única tendencia. Jeff Cooper la instauró, Gunsite la propagó y todo el mundo la adoptó por los resultados de entonces. La cosa evolucionó después y tanto los datos de la competiciones como los estudios sobre enfrentamientos armados reales mostraron que bajo estrés la mayoría de tiradores adoptan una postura bilateral más simétrica, más parecida a la isósceles modificada. Algunos te darán explicaciones más fisiológicas como que la respuesta de alarma activa ambos brazos por igual y empuja hacia adelante. La Weaver, que requiere tensión asimétrica entre los dos brazos, se degrada cuando la adrenalina corre por las venas. Cuando los mejores tiradores del mundo empezaron a dominar la competición con la isósceles moderna o modificada, se acabó el debate. No se trata de una opinión, sino de rendimiento documentado ─aunque siempre haya alguno con la excusa de «los cartones no devuelven los tiros».

El mecanismo es siempre el mismo. El alto rendimiento ─la competición, los datos de incidentes reales, la investigación biomecánica─ actúa como laboratorio que valida o descarta tácticas, técnicas y procedimientos. Lo que ofrece mejores resultados de forma repetida y medible se impone y lo que no se deja a un lado, aunque tenga décadas de tradición detrás. Los instructores serios lo saben y se adaptan. Los demás siguen enseñando lo que aprendieron hace veinte años como si nada hubiera cambiado en el mundo desde entonces.

La pregunta que hay que hacerse sobre cualquier instructor es muy concreta: ¿está lo que enseña respaldado por datos de alto rendimiento actuales, o es lo que aprendió hace veinte años y nadie lo ha evaluado desde entonces? Si no puedes encontrar la respuesta o si la respuesta es «siempre se ha hecho así», ya tienes tu respuesta.

Por supuesto, siempre habrá quien utilice la típica falacia del «yo esto lo apliqué en combates reales». Este es el contraargumento más frecuente y el más difícil de rebatir, porque viene protegido por un escudo afectivo muy potente. Nadie quiere ser el que le diga a un veterano de una unidad de élite que lo que enseña no está validado. Pero la lógica no cambia por respeto.

Haber sobrevivido haciendo algo de una determinada manera no prueba que esa manera sea la mejor. Prueba que fue suficientemente buena para ese contexto específico, en esas condiciones específicas, con esas variables específicas ─o simplemente fue suerte─. El combate real tiene demasiado ruido para aislar la técnica como factor determinante del resultado. Un combatiente puede haber hecho CQB de una manera cuestionable, haber sobrevivido por una combinación de superioridad numérica, sorpresa, errores de sus adversarios y mucha suerte, y haber salido convencido de que sus TTPs de CQB son las mejores. El problema no es que mienta: es que no tiene forma de saber qué produjo el buen resultado.

Además hay otro factor que se suele obviar: incluso en las unidades más activas en combate del mundo, la participación en acciones reales no es homogénea. La vida de un combatiente puede incluir ciclos de despliegue sin contacto, especialidades técnicas alejadas del combate directo, o simplemente mala ─o buena─ suerte geográfica. «Estuve doce años en una unidad especial» es compatible con haber estado en contacto directo en decenas de acciones y también con haber pasado esos doce años en funciones de apoyo o desplegado sin haber disparado un arma de fuego en condiciones reales. El currículum no distingue entre ambas cosas, y al que lo usa como argumento de venta no le interesa distinguir una cosa de otra.

Y lo más incómodo de todo: haberlo hecho, haber combatido en la realidad, no significa haberlo hecho bien. Ejecutar una TTP bajo estrés y sobrevivir no es evidencia de haber ejecutado la TTP correctamente. Es evidencia de haber sobrevivido. Son cosas distintas. El combatiente que bajo fuego real adoptó espontáneamente la postura más instintiva disponible, funcionó con ella, y luego la enseña como «técnica de combate probada», puede estar enseñando exactamente el defecto que aparece cuando la técnica entrenada se degrada bajo estrés, no la TTP óptima que debería haberse entrenado para evitar ese defecto.

La competición es precisamente el antídoto, porque es el único entorno donde puedes comparar métodos de forma controlada y repetida. No puedes comparar dos TTPs de CQB en combate real porque nunca tienes las mismas condiciones dos veces. Sí puedes comparar dos técnicas de desenfunde en las mismas condiciones, con cronómetro, durante cinco años, con miles de competidores. Eso es un laboratorio de pruebas. El combate real no lo es.

 

El coste oculto: los defectos de formación (deformación).

Hay un concepto que probablemente sea el argumento más sólido contra la mala instrucción, que se denomina training scars en inglés, que vamos a llamar defectos de formación (deformación): los malos hábitos no intencionados que el entrenamiento genera cuando lo que practicas no reproduce fielmente el contexto en que tendrás que aplicarlo.

El propio FBI lo ha documentado con datos duros. En un estudio de 2018 sobre 149 enfrentamientos armados protagonizados por sus agentes a lo largo de 15 años, descubrieron que en casi la mitad de los incidentes los agentes no impactaron ni una sola vez sobre la amenaza. El entrenamiento no estaba ofreciendo el rendimiento que la situación exigía.

El ejemplo más estudiado es la Masacre de Newhall de 1970, en la que cuatro agentes de la Policía de Tráfico de California murieron en un tiroteo. Uno de los agentes se acercó a dos delincuentes armados portando la escopeta en la posición exacta en que la llevaban en el campo de tiro «por seguridad»: con la culata sobre el cinturón y el cañón hacia arriba. Otro agente murió con la escopeta vacía en la mano tras expulsar cartuchos no disparados porque nunca había entrenado el tiro rápido. El entrenamiento había generado el defecto; el defecto fue letal.

Esto significa que un mal instructor no solo puede impedirte que aprendas nada útil, sino que puede que te enseñe algo que precisamente te perjudique cuando más lo necesites. Puede enseñarte a dar pasitos absurdos, a sacudir la cabeza a los lados, a hacer cosas que quedan muy bien en un vídeo de Instagram pero que no sirven para nada.

Por eso la calidad de los contenidos es tan importante como la de la metodología de enseñanza y el propio rendimiento del instructor. Las preguntas son: ¿esta técnica está respaldada por datos de rendimiento real? ¿Es coherente con lo que se ha documentado que ofrece los mejores resultados? ¿O es algo que este instructor se inventó porque queda bien en un vídeo?

 

El zoo de los vendehúmos: tipos de mal instructor.

No todos los malos instructores son malos de la misma manera. Reconocer el tipo  de vendehúmos ayuda a entender qué clase de daño puede hacerte.

El inventor.

Este instructor enseña lo que se ha inventado él mismo. Puede ser bastante creativo, puede tener buenas intenciones, incluso puede ser un tirador decente. El problema es que lo que enseña no tienen ningún respaldo ni validación. Nadie ha comparado su método con las alternativas disponibles. Nadie ha medido si genera mejores resultados. Nadie, excepto él mismo, ha comprobado si tiene sentido. Puedes inventártelo tú mismo en casa, sin pagar nada, con el mismo nivel de evidencia disponible. Si vas a un curso de un tipo así, vas a pagar por inventos que nadie sabe si funcionan y te vas a convertir en el conejillo de indias que no vas a querer ser llegado el momento de comprobar si todos esos inventos funcionan.

El regurgitador.

Este es más peligroso porque puede parecer creíble. Habla con fluidez de muchos otros instructores conocidos. Usa la terminología correcta. Cita a las personas adecuadas. El problema es que no ha integrado nada de eso en rendimiento real propio. Ha leído, ha escuchado, ha visto vídeos, quizás ha asistido a algún curso. Pero no ha llegado a adquirir un alto rendimiento en nada de lo que enseña. No ha evaluado su rendimiento lo suficiente como para saber qué funciona de verdad y qué solo suena bien. Cuando un alumno le hace una pregunta que se aparta del guion aprendido ─algo que sus fuentes no cubrieron, algo que requiere adaptarse al contexto─ no sabe qué decir. El regurgitador puede decirte lo que dice el manual, pero no puede decirte qué pasa cuando el manual se equivoca o no es de aplicación.

El fosilizado.

Lleva años enseñando lo mismo. No porque sea lo mejor disponible, sino porque es lo que aprendió él y nunca se ha actualizado. Enseña algo porque solo porque lo aprendió así, aunque haya quedado descartado hace años por ofrecer menos rendimiento que otra cosa. No lo hace adrede, sino que simplemente dejó de aprender hace tiempo, pero no lo sabe. Sus alumnos salen de sus cursos ya obsoletos.

El coleccionista de diplomas.

Ha pasado por muchos cursos, tiene la pared llena de diplomas, puede darte una larga lista de instructores con los que ha hecho algún curso. Sin embargo, acumula diplomas sin que nada de lo acumulado haya producido rendimiento demostrable. Haber asistido a un curso no es lo mismo que haber integrado su contenido. Y haber integrado su contenido no es lo mismo que poder enseñarlo.

El recién parido.

Este es el único del zoo que no necesita saber nada de antes. No es que no esté actualizado, ni que regurgite lo que otros dijeron, ni que coleccione diplomas sin más. Es que antes del curso de instructor no era nada, ni tirador siquiera. No tiene una base como tirador, ni un mínimo de habilidad en tiro, ni un rendimiento evaluado en algún momento. Se trata de alguien con interés en el tema ─o con interés en el negocio─ que se encontró un curso de instructor, fue y salió con un certificado que dice que es instructor porque tiene el curso, sin más.

El mecanismo para parir instructores de la nada es sencillo y está al alcance de cualquiera. Solo hay que apuntarse a un curso de instructor de tiro de esos que no exigen ningún nivel previo de rendimiento demostrado como condición de entrada. No hay pruebas de acceso. No hay evaluación de la competencia del candidato como tirador antes de certificarlo como instructor. El único requisito es asistir al curso, previo pago. El resultado es evidente. De ahí solo puede salir alguien que quiere aprender a disparar mientras aprende a enseñar ─en el mejor de los casos─, que todavía no ha aprendido a disparar y ya quiere enseñar a otros.

Cabe la posibilidad de que haya quien realice un curso de instructor tras diez años de práctica seria, competición documentada y rendimiento contrastado, que realmente sea buen tirador y vaya a ser buen instructor, pero eso no va a determinarlo el mismo diploma que tiene cualquier otro del mismo curso. El papel no distingue entre uno y otro. Y el alumno que no tiene criterio técnico tampoco puede distinguirlos, porque el único instrumento de evaluación que tiene a mano ─el diploma─ no distingue entre los dos.

La pregunta que habría que hacerle antes de pagar no es si tiene el diploma. Es qué nivel de tiro tenía antes de hacer el curso de instructor. Si la respuesta es «aprendí en el curso» o si directamente no hay respuesta, ya tienes una pista.

Ninguno de estos perfiles implica necesariamente mala fe. Algunos son conscientes de sus limitaciones y otros no. Pero el daño que pueden hacer es el mismo.

 

Por qué es difícil verlo: los sesgos del alumno.

Antes de hablar de señales de alarma conviene entender por qué son tan difíciles de ver. No es que los vendehúmos sean listos ─que algunos lo son─. Es que explotan mecanismos psicológicos reales que actúan en tu contra desde el momento en que pagas por un curso.

La paradoja del alumno.

Este es el mayor problema: si vas a un curso es precisamente porque no sabes lo suficiente sobre ese tema. Y si no sabes lo suficiente sobre ese tema, no tienes los instrumentos necesarios para evaluar si lo que te están enseñando es bueno, malo, obsoleto, peligroso o directamente inventado. La formación crea una paradoja en la que el alumno es incapaz de juzgar el producto que está comprando en el momento en que lo compra. No porque sea tonto, sino porque la ignorancia que lo llevó al curso es exactamente la misma ignorancia que le impide detectar si el curso es una estafa. El vendehúmos sabe esto mejor que nadie. El alumno que ya sabe no necesita al vendehúmos y el que no sabe no puede verlo. Es el mercado perfecto.

Pero el problema va aún más allá. No es solo que el alumno no sepa lo suficiente sobre el tema, es que muchas veces tampoco sabe lo que necesita aprender, ni tiene criterio para distinguir quién puede enseñárselo. Llega al mercado de la formación sin rumbo, lo que significa que va a tomar decisiones de compra basándose en apariencias que cree que indicadores de calidad, pero que no lo son. Y esas apariencias son precisamente las que el vendehúmos ha aprendido a utilizar en su favor.

Lo primero es la narrativa. Una explicación que suene a película de acción ─términos militares, referencias a operaciones, jerga de unidades especiales, anécdotas de situaciones límite─ activa en el oyente no entrenado la misma respuesta que cualquier historia bien contada: suspensión del escepticismo y atribución de autoridad al narrador. El problema es que la capacidad de contar una historia convincente sobre combate real no tiene ninguna correlación con la capacidad de enseñar técnica de tiro. Son habilidades completamente distintas. Pero el alumno que no tiene criterio técnico no puede separar el envoltorio del contenido, y el envoltorio es exactamente lo que el vendehúmos ha preparado.

Lo segundo es lo que en inglés llaman BTDT (Been There Done That) [haber estado allí, haber hecho eso] elevado a argumento definitivo. Si además de la narrativa hay una historia de haber estado allí y haberlo hecho, el alumno sin criterio da el asunto por cerrado. No necesita más. Lo que ya hemos visto en la sección anterior ─que haber sobrevivido no prueba haberlo hecho bien, que la experiencia real no es un laboratorio de pruebas, que la distribución de experiencia de combate dentro de una unidad es muy desigual─ el alumno no entrenado no lo sabe y no lo va a preguntar. El BTDT actúa como silenciador de dudas, porque después de contarlo nadie va a osar ponerlo en duda.

El tercero es el sesgo de popularidad. Si tiene muchos seguidores en redes sociales, si ha salido en televisión, si aparece en podcasts, si su nombre circula en foros, el alumno sin criterio interpreta todo eso como señal de calidad. La lógica implícita es que tanta gente no puede estar equivocada, que alguien habría dicho algo si no fuera bueno, que la visibilidad implica validación. Las tres premisas son falsas. Las redes sociales premian el contenido que genera reacción emocional, no el que es técnicamente correcto. La televisión busca personajes fotogénicos con historias atractivas, no instructores rigurosos. Los foros amplifican a quien genera comunidad, no necesariamente a quien enseña mejor. La popularidad es una métrica de alcance, no de calidad. Pero para el alumno que no tiene otra referencia, es la más accesible y la que más pesa.

La confluencia de los tres ─narrativa de acción, aura del BTDT y popularidad percibida─ produce en el alumno sin criterio una convicción de haber encontrado exactamente lo que buscaba, antes incluso de haber visto una sola clase. Y esa convicción previa actúa como filtro que descarta cualquier señal de alarma posterior: el alumno ya ha decidido que el instructor es bueno, así que cualquier evidencia en sentido contrario se reinterpreta como malentendido o envidia de los que no están dentro.

Esto tiene una consecuencia que va más allá del dinero perdido. El alumno que no puede evaluar la calidad de lo que aprende tampoco puede evaluar su propio rendimiento antes ni después del curso. Sin esa referencia, cualquier sensación de mejora ─por vaga e infundada que sea─ se convierte en certeza. Y la certeza sin base objetiva es autoconfianza sin base objetiva. En el contexto del uso y manejo de un arma de fuego, esa autoconfianza puede ser letal: el alumno convencido de que sabe lo que hace porque pagó el curso tiene menos probabilidades de seguir entrenando, menos probabilidades de buscar evaluación externa, y más probabilidades de actuar en una situación real con una capacidad real muy por debajo de la que cree tener. El vendehúmos no solo te vende ignorancia, te vende la ilusión de que ya no la tienes.

El sesgo de identificación por perfil.

Hay un mecanismo que actúa antes incluso de que el alumno haya leído el programa del curso ─si es que tiene programa siquiera─: la valoración del instructor en función de si comparte el mismo perfil profesional que el alumno. El policía que sobrevalora automáticamente al instructor que también fue policía ─sin preguntarse qué hizo ese instructor con su arma durante su carrera, ni si su rendimiento en el campo/galería de tiro es mejor que el de cualquier competidor civil─. El militar que descarta por defecto a cualquier instructor sin experiencia militar, aunque sea Gran Maestro en USPSA y tenga más horas de entrenamiento que cualquier soldado de su unidad. El competidor que desconfía del instructor que nunca ha competido, o el combatiente que desprecia al que nunca ha estado en zona de operaciones.

En todos los casos el criterio de selección es la identidad compartida, no el rendimiento demostrado. Es una variante del sesgo de grupo de pertenencia aplicada a la formación: «es de los nuestros, así que sabe». El problema es que pertenecer al mismo colectivo profesional no transfiere automáticamente ninguna habilidad concreta. Un policía con veinte años de servicio puede haber disparado con pistola exclusivamente en las tiradas anuales, cumpliendo el mínimo exigido, sin haber dedicado un solo minuto de entrenamiento voluntario. Otro policía puede haber competido regularmente, entrenado con los mejores instructores disponibles y documentado su progreso durante esa misma carrera. El uniforme es el mismo. El rendimiento no.

El sesgo funciona también en dirección negativa: el alumno que infravalora al instructor precisamente porque comparte su perfil. El policía que desconfía de otro policía porque «ya sé cómo entrena la policía», generalizando la mediocridad del sistema al individuo sin evaluar si ese individuo concreto ha superado por voluntad propia las limitaciones del sistema. O el civil que descarta al instructor militar porque asume que todo lo que viene de las Fuerzas Armadas está orientado al combate de alta intensidad y no se aplica al uso del arma en el ámbito civil, sin considerar que ese instructor en concreto puede haber desarrollado una metodología perfectamente adaptada al ámbito civil.

Existe además una tercera variante, más sutil: el que sobrevalora precisamente al que no es como él. El policía que desconfía por principio de cualquier instructor que venga del entorno policial ─porque conoce desde dentro las limitaciones del sistema de formación de su cuerpo y las generaliza a todos los que lo integran─ y en cambio atribuye autoridad automática al instructor civil, al competidor deportivo o al instructor de otro país, sin evaluarlos con más rigor que al que descarta. La desconfianza en el sistema propio puede ser perfectamente fundada: hay cuerpos policiales con formación cronológicamente fosilizada, tiradas anuales que no miden nada real y cultura institucional que penaliza el entrenamiento voluntario. Pero esa crítica válida al sistema no es transferible sin más al individuo. El instructor que proviene de ese sistema puede haberlo superado por su cuenta. Y el instructor externo al que se le atribuye autoridad por ser externo puede ser tan mediocre o más que el que se descartó sin mirar.

En las tres direcciones ─sobrevaloración por identificación, infravaloración por prejuicio y sobrevaloración de lo ajeno por desconfianza en lo propio─ el mecanismo es el mismo: el perfil sustituye al rendimiento como criterio de evaluación. Y el rendimiento es lo único que debería importar.

A ello se añade la posición de autoridad que el alumno otorga automáticamente al instructor en el momento de pagar. No es solo deferencia social, aunque también lo es. Es que el acto de pagar por una formación implica un reconocimiento previo de la superioridad del otro en ese tema. Ese reconocimiento es necesario para que el aprendizaje funcione, pero también es la palanca que el mal instructor usa para blindarse ante cualquier cuestionamiento. El alumno que duda tiene que superar no solo su propia incertidumbre sino la autoridad que él mismo ha conferido al instructor. La mayoría no lo hace.

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