La lógica aplastante de que hay que buscar y entrenar aquello que sea más natural, innato, instintivo, como se quiera llamar.

Esta es una de esas ideas recurrentes en el mundo del combate con armas de fuego. Como bajo estrés el cuerpo hace lo que le da la gana, lo lógico es buscar y entrenar aquello que sea más natural, innato, instintivo, como se quiera llamar, porque será lo único que salga cuando llegue el momento de la verdad. Dicho así suena a lógica aplastante. El problema es que, en cuanto la ponemos a prueba, esa lógica se viene abajo, y para comprobarlo no hace falta ningún laboratorio, basta con repasar la historia del deporte.

En los Juegos Olímpicos de México 1968 un estudiante de ingeniería de Oregón llamado Dick Fosbury ganó el oro en salto de altura pasando el listón de espaldas, arqueado, cayendo de cuello, con un récord olímpico de 2,24m [1][2]. Nadie salta así por naturaleza. Ningún niño, en ningún patio del mundo, ha saltado nunca un obstáculo lanzándose de espaldas contra él. De hecho, cuando Fosbury empezó con aquello en el instituto, porque con el rodillo ventral [straddle] no levantaba cabeza, el periódico de su pueblo tituló una foto suya con un «Fosbury Flops Over Bar» —algo así como «Fosbury se tira sobre el listón»— y el redactor escribió que parecía un pez dando coletazos dentro de una barca [1][4]. De ahí viene el nombre de la técnica. Nadie la vio venir. Cuatro años después, en Múnich 1972, veintiocho de los cuarenta saltadores ya copiaban a Fosbury, aunque el oro todavía se lo llevó un saltador de rodillo ventral, el soviético Jüri Tarmak. En 1980 saltaban de espaldas trece de los dieciséis finalistas olímpicos [1]. Todos los récords del mundo masculinos desde 1980 se han conseguido con esa técnica [5], incluidos los 2,45m vigentes que Javier Sotomayor se apuntó en 1993 [6]. Hoy no queda nadie en la élite del atletismo que salte de otra manera.

Sin embargo, el «flop» no se impuso solo por biomecánica. Se impuso cuando las zonas de caída de arena y serrín dieron paso a las colchonetas de espuma, porque caer de cabeza sobre serrín no era buena idea y los propios entrenadores de Fosbury le prohibían la técnica por seguridad [2][4]. Y tampoco arrasó de un día para otro. El mismo día de su oro, Fosbury pidió que subieran el listón a 2,29m para batir el récord del mundo de Valeriy Brumel, 2,28m conseguidos con rodillo ventral, y no consiguió batirlo [3]. La técnica de espaldas tardó una década en convertirse en el estándar [6]. Es decir, la técnica dominante no es la más natural, ni siquiera es la mejor en general. Es la más eficaz en las condiciones reales de cada momento, con el material, el reglamento y la forma de medir en vigor. Cuando cambian las condiciones, cambia la técnica, por muy antinatural que parezca la nueva. La natación se llenó de giros de voltereta, el estilo mariposa existe y nadie lanza ya el peso como se lanzaba hace un siglo. Ninguno de esos gestos nació de preguntarle al cuerpo qué le parecía más natural, innato, instintivo.

También es cierto que el propio Fosbury contó que su técnica le salió sin pensar, que «fue puro instinto» [9]. Pero le salió a él, mientras que para todos los demás saltadores del planeta fue una técnica aprendida, entrenada y de lo más contraintuitiva. Pero no fue su instinto lo que validó la técnica, sino la altura del listón que permitía saltar. El instinto propone y la cinta métrica dispone. Si el «flop» no diera más altura que el rodillo ventral, se habría quedado en la anécdota de un chaval raro de Oregón y no sería la técnica universal del salto de altura.

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