Cómo evaluar cursos e instructores (5 de 5): durante, después, y las herramientas.

Durante el curso: lo que hay que observar.

La gestión de la seguridad como señal profesional.

Todo curso con fuego real debe empezar con una instrucción de seguridad explícita y un plan de emergencia médica. Si un instructor no explica qué ocurre si alguien resulta herido ─dónde está el hospital más cercano, quién es responsable, qué equipo hay disponible─, eso no es un pequeño fallo. Es un fallo profesional que señala inexperiencia o indiferencia. El instructor que apunta con un arma real a sus alumnos diciéndoles «tranquilos, no está cargada» está demostrando una práctica descuidada de seguridad delante de sus alumnos ─que es la definición misma de defecto de formación─. Todo instructor serio hace las demostraciones cumpliendo todos los estándares de seguridad con las armas de fuego.

Lee antes la cuarta parte Cómo evaluar cursos e instructores (4 de 5): señales de alarma antes de pagar.

El ratio instructor/alumno.

El entrenamiento serio con fuego real requiere atención individual. Una clase de treinta alumnos con un solo instructor tendrá, por simple aritmética, casi ningún tiempo de dedicación individual por alumno. El ratio es de un instructor por cada cuatro a seis alumnos como estándar razonable para fuego real. Los cursos de muchos alumnos a bajo precio son una trampa. El modelo económico requiere muchos alumnos, muchos alumnos limitan la atención individual, y la atención individual limitada limita el desarrollo de habilidades. El precio bajo lo paga el aprendizaje.

La integración del seco.

Un indicador pedagógico que poca gente considera es si el instructor usa la práctica en seco de forma deliberada dentro del propio curso. El instructor que entiende la adquisición de habilidades motoras sabe que la repetición deliberada en seco antes de hacerlo con fuego real reduce los errores iniciales, acelera la automatización de los patrones motores y permite más repeticiones de calidad con menos munición. El instructor que lleva a todos los alumnos a la línea de tiro y dispara todo el día está consiguiendo un alto consumo de munición, no un buen aprendizaje. Observa: ¿hay ejercicios en seco antes de ejecutarlos con fuego real? ¿Se usa el seco para corregir errores específicos antes de volver a consumir munición? ¿O el seco no existe porque lo que vende es el fuego real?

El diagnóstico de errores: la prueba real de la capacidad de enseñanza.

El indicador más claro de un auténtico instructor es su capacidad para identificar la causa específica de tus errores específicos y prescribir correcciones específicas. No «estás presionando aisladamente el disparador», sino que «tu dedo está tocando el armazón durante el reseteo, lo que empuja ligeramente el cañón a la izquierda, prueba este ajuste en la posición de la mano y los dedos». Los mejores instructores evalúan el nivel de cada alumno y adaptan la clase en consecuencia. Los instructores mediocres enseñan un guion fijo y siguen adelante independientemente de si algún alumno concreto ha mejorado. Observa en la línea de tiro: ¿el instructor recorre la línea y hace comentarios específicos e individuales? ¿O está dando un discurso desde el frente y haciendo con todos los alumnos los mismos ejercicios de tiro en la misma secuencia independientemente de los resultados?

¿Demuestra el instructor lo que enseña?

Hay argumentos pedagógicos legítimos para no dedicar tiempo de tiro de los alumnos a demostraciones del instructor. Pero hay diferencia entre elegir no demostrar por razones de gestión del tiempo y ser incapaz de demostrar las cosas con un nivel alto. Un instructor debería poder ejecutar sus propios ejercicios y cumplir sus propios estándares y otros de referencia. Si esto no ocurre en ningún momento a lo largo de un curso de varios días, merece la pena preguntarse por qué.

¿Se mide el rendimiento?

Un buen curso incluye la evaluación continua dentro del propio curso. Se establece una base al principio del curso con ejercicios evaluados, se proporciona análisis y objetivos de entrenamiento recomendados, y se proporciona a los alumnos un marco para seguir midiendo su progreso de forma independiente. Se realiza una evaluación global del rendimiento de cada alumno al principio y al final del curso. La evaluación continua se utiliza como herramienta de enseñanza, no como inconveniente.

 

Después del curso: la evaluación real.

La única evaluación que importa es la objetiva. ¿Disparas más rápido? ¿Disparas con más precisión? ¿Puedes demostrarlo con datos de antes y después del curso? Si la respuesta a las tres preguntas es no ─o si el curso no te dio los medios para responderlas─, el resto de consideraciones son secundarias. El cronómetro y los blancos no tienen sesgos cognitivos, no se dejan impresionar por anécdotas y no distinguen entre un veterano de una unidad de élite y un actor bien caracterizado. Son el juez más honesto disponible, y por eso los vendehúmos los evitan sistemáticamente.

Terminar un curso sintiéndose bien no es un indicador de aprendizaje. Es un indicador de que te lo has pasado bien, que también tiene su valor, pero no es lo mismo.

La percepción subjetiva de haber aprendido mucho es, de hecho, uno de los efectos secundarios más habituales de los vendehúmos hábiles. Los alumnos salen convencidos de haber recibido la mejor formación de su vida, sin que nadie haya evaluado nada. Un instructor con buena presencia escénica, anécdotas interesantes y ejercicios visualmente impactantes genera esa sensación con independencia de si el alumno ha mejorado lo más mínimo su rendimiento objetivo.

Hay además una distinción que separa un instructor de calidad de un instrucción mediocre, la diferencia entre enseñar el qué y enseñar el por qué. El instructor que te enseña qué hacer te está enseñando un procedimiento. El que te enseña por qué funciona te está enseñando una habilidad. Las TTPs se degradan bajo estrés y no se transfieren a nuevos contextos. Las habilidades sí. El regurgitador enseña el qué sin entender el por qué, lo que significa que tampoco puede enseñártelo a ti.

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