
Antes de pagar: señales de alarma.
Evaluar un curso antes de hacerlo es más fácil de lo que parece. Solo hay que saber qué preguntar y, sobre todo, observar qué respuestas no llegan.
Lee antes la tercera parte Cómo evaluar cursos e instructores (3 de 5): por qué es tan difícil verlo.
El programa como primer filtro.
Un curso serio tiene un programa escrito con objetivos de aprendizaje concretos y medibles. No «tiro en movimiento» ni «técnicas avanzadas de CQB» ─eso son etiquetas, no objetivos─. Un objetivo real tiene esta forma: «Al finalizar el curso, el alumno será capaz de desenfundar desde una funda de porte oculto y encadenar dos impactos en la zona A a 7 metros en menos de 2 segundos». Tiene cometido, condiciones y estándar. Si el programa es una lista de actividades sin rendimiento declarado, lo que tienes delante no es más que un entretenimiento. Pregúntale al instructor qué serás capaz de hacer al terminar el curso que no puedes hacer ahora, y cómo se va a medir. Si no sabe responder con claridad, es que no mide nada ─lo que generalmente significa que no sabe si sus alumnos mejoran─.
El currículum como obra de ficción.
El primer filtro sobre el instructor es siempre su currículum, pero hay que leerlo con escepticismo activo, no como si fuera el reverso de una caja de cereales. Cualquiera puede escribir cualquier cosa. La pregunta relevante no es qué dice el currículum, sino qué parte de lo que dice es verificable de forma independiente. ¿Ha servido en una unidad concreta? ¿Se puede contrastar? ¿Ha competido? ¿Dónde están los resultados? ¿Ha publicado algo que pueda ser revisado críticamente? La ausencia de todo esto no es una casualidad, es una pista.
Hay varios patrones de alarma bien documentados que permiten detectar fácilmente a los vendehúmos:
- «X años de experiencia militar/policial», sin más detalle. Esto es intencionadamente genérico. «Estuve diez años en el Ejército» puede significar haber estado en una unidad de élite o haber sido conductor de camión. Lo relevante no es si alguien fue militar o policía, sino qué hizo con un arma de fuego durante ese tiempo y si eso se traduce en las habilidades que pretende enseñar. Un oficial de logística con veinte años de servicio no está automáticamente capacitado para enseñar tiro o CQB. Un militar que dispara generalmente con fusil no está automáticamente capacitado para enseñar tiro con pistola. Los detalles importan. La falta de detalles en ese sentido es algo intencionado para no delatarse.
- La jerarquía inventada. Algunos instructores crean su propia organización u asociación, se certifican a sí mismos en el nivel más alto de esa organización u asociación, y luego venden cursos con esas «credenciales». Si la credencial más alta del currículum viene de una organización u asociación que el propio instructor controla, la credencial no significa nada.
- Las certificaciones de organizaciones desconocidas. Muchas certificaciones de instructor no requieren más que un fin de semana de asistencia y un pago. Eso no hace automáticamente malos a los instructores con esas certificaciones ─alguno puede que sea bueno─, pero el certificado en sí mismo no prueba casi nada sobre la capacidad de tiro ni sobre la calidad de enseñanza. Los estándares varían enormemente. No des por sentado que un certificado significa lo mismo en organizaciones u asociaciones diferentes.

El anonimato como credencial.
En el extremo opuesto del currículum inflado está el instructor que directamente no tiene currículum porque su identidad es confidencial. Las razones alegadas son siempre variantes de lo mismo: seguridad personal, misiones en curso, compromisos con agencias que no pueden nombrarse. Lo que en el mundo de la inteligencia real es una auténtica necesidad, en el mercado de la formación se suele utilizar como el farol más rentable disponible, porque convierte la ausencia total de credenciales en argumento de autoridad. No es que no tengan nada que demostrar, es que lo que tienen es tan clasificado que demostrarlo comprometería operaciones en curso. La lógica es un círculo vicioso e irrefutable: cuanto menos puedas saber sobre quién es, más razones tienes para creer que es alguien importante.
El problema práctico es evidente. No puedes contrastar lo que no existe, no puedes verificar lo que es secreto, y no puedes cuestionar a alguien cuya identidad desconoces. El anonimato elimina de un plumazo todos los instrumentos de evaluación disponibles. No hay currículum que leer, no hay historial que contrastar, no hay competiciones en las que buscarlo, no hay publicaciones que revisar, no hay reseñas de alumnos anteriores que lo identifiquen. El instructor anónimo es inmune a cualquier forma de cuestionamiento, que es precisamente la razón por la que algunos prefieren ser anónimos. En cualquier otra profesión en la que alguien te ofrece un servicio a cambio de dinero, la identidad de la persona es un requisito mínimo, no algo opcional. En la formación táctica, una parte del mercado ha aceptado que no lo sea. El resultado predecible es que ese espacio lo ocupa exactamente quien más interés tiene en no ser identificado.
La descripción del curso como ejercicio de vagancia.
El problema no acaba en el currículum del instructor, sino que se extiende a la descripción del propio curso. La mayoría de los cursos dudosos se publicitan con el título, una imagen de impacto y cuatro líneas que mencionan a grandes rasgos los temas que se van a tratar, en términos suficientemente vagos como para que suenen bien sin comprometer nada concreto. «Tiro dinámico», «CQB avanzado», «técnicas de supervivencia en entornos hostiles». Son etiquetas diseñadas para atraer, no para informar. El alumno potencial no sabe qué ejercicios se van a realizar, qué estándares se van a exigir, qué nivel previo se requiere, ni qué será capaz de hacer al terminar que no podía hacer al llegar.
Esta vagancia no es arbitraria. Un curso con objetivos de aprendizaje concretos y medibles hace una promesa que puede incumplirse y verificarse. Un curso descrito con cuatro etiquetas atractivas no promete nada concreto y por tanto no puede incumplir nada concreto. La imprecisión es la garantía del instructor, no del alumno. Cuando la descripción del curso no te permite responder a «¿qué podré hacer al terminar que no puedo hacer ahora?», lo que tienes delante es intencionadamente indefinido. No porque el contenido sea secreto, sino porque el instructor prefiere que no sepas exactamente qué estás comprando hasta que ya hayas pagado.
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