Seguro que a nadie se le escapa que a lo largo de los últimos años han surgido multitud de instructores y escuelas de formación ─digamos que─ «tácticas». El hecho en sí no es malo, sino todo lo contrario, y suponemos que esta proliferación se debe a la demanda de este tipo de formación ─ley de la oferta y demanda─. Como sucede con otras materias, la formación en el sector «táctico» no está regulada, por lo que cualquiera puede crear una escuela de formación y/o convertirse en instructor, sin importar su preparación, experiencia y aptitud docente. Lo cierto es que «el mercado de la formación está inundado de instructores [y escuelas] que todo lo que quieren es que les entregues tu dinero para que puedan convertirte en un guerrero ninja» (HACKATHORN, Ken). La clave radica en saber en quién confiar y «que no te vendan gato por liebre». ¿Cómo formarte a ti mismo?
Seríamos demasiado ilusos si creyéramos que todos esos instructores y escuelas de formación solo tienen un interés vocacional, es decir, que su único objetivo es la formación. Hay que partir de la base que la formación no solo es vocación, sino también una forma de negocio, y ambas cosas son perfectamente compatibles ─la Universidad de Harvard no es precisamente barata─. Quizás el problema surge cuando el negocio prevalece descaradamente por encima de la vocación y la formación pasa a un segundo plano, produciéndose un fenómeno que podríamos llamar «prostitución de la formación» ─deshonrar o degradar la formación abusando con bajeza de ella para obtener un beneficio─. De este modo, la formación se convierte en un mero producto comercial, y sus vendedores ─algunos instructores y escuelas de formación, no todos─ necesitan revestirla de todo el marketing que haga falta para que su producto resulte lo más atractivo posible ─así surgen los «cursos popurrí», por ejemplo─, pasando a un segundo plano el auténtico objetivo de la formación ─el aprendizaje de los alumnos─. El objetivo de esos productos comerciales es más vender que enseñar. Repetimos lo mismo que en el párrafo anterior: la clave radica en saber en quién confiar y «que no te vendan gato por liebre».
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