Los Secretos del Combate. Por Tiger McKee. 24 de enero de 2013.

El gran secreto para vencer en un enfrentamiento violento es que no existe tal secreto. Defender satisfactoriamente a tu familia, a tus amigos/compañeros o a ti mismo frente a un atacante requiere mucho adiestramiento y práctica. Además nunca hace daño que la suerte te favorezca.

En los libros y en las películas la historia suele empezar con el héroe tristemente carente de la habilidades necesarias para derrotar a su antagonista. Entonces sale en la búsqueda de un maestro que lo adiestre. En un momento determinado de su transformación experimenta una revelación mística en la que aprende el único verdadero secreto que le permitirá derrotar a su rival en la última escena. La vida real no es como Karate Kid.

No existen los atajos ni las técnicas secretas. Para combatir eficazmente, independientemente de si se lo haces con armas de fuego, con armas blancas o con las manos vacías, tienes que adiestrarte y practicar hasta tal punto que aprendas las técnicas necesarias. Aprender algo implica literalmente miles de repeticiones. Llegar a poder aplicar en una situación de tensión/estrés, cuando alguien está intentando hacerte daño realmente, lo que has aprendido, exige aún más práctica.

Cierto es que mientras estudias el arte marcial del combate con armas de fuego te encuentras revelaciones. Por ejemplo, resulta muy gratificante ver cómo un alumno capta la forma correcta de presionar y resetear el disparador. Realmente le ves sonreir cuando logra comprenderlo. A medida que avanzas la curva de aprendizaje empieza a allanarse; las revelaciones se hacen menos frecuentes pero no menos importantes.

En su libro The Fighter’s Mind [La mente de los luchadores], Sam Sheridan menciona un estudio realizado con músicos profesionales que ponía de manifiesto que los músicos cuanto más practicaban mejor tocaban. Los músicos comenzaban a tocar a los cinco años aproximadamente con el mismo talento. «Pero cuando los alumnos tenían ocho años empezaron a aparecer auténticas diferencias». Aquellos que empezaron a practicar más lo hacían mejor que sus compañeros de clase. «Con 20 años dedicaban a practicar… 30 horas a la semana». Esos eran los que llegarían a ser músicos famosos. Todos empezaron más o menos con el mismo talento pero finalmente lo que los diferenció fue la cantidad de práctica. No había alumnos destacados o con un talento innato.

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